lunes, 1 de octubre de 2007

Nuevo desvío, esta vez por La Morcuera

Ayer me pasó lo mismo: metí rápidamente los cacharros en el lavavajillas antes de irme al monte, solo quedó una sartén... ¿Las sartenes pueden meterse en el lavavajillas? Me da que no. Una sartén que limpié a mano cuando volví.

Otra vez solo al monte. Ayer todo el mundo me dejó tirado, peregrinos y colegas. El único que se había comprometido era Mirwav, el fotógrafo, y al final tuvo que quedarse cuidando de la niña. Para colmo hacía mal tiempo: las nubes cubrían toda la sierra. Enfilé la carretera de Colmenar pues desde ella se obtiene una buena panorámica de las montañas, de manera que en un momento dado puede decidirse por el sitio con menos nubes. Lo de ayer era indiferente. Como las nubes estaban muy bajas me decidí por ir a algún sitio alto no fuera a ser que, por casualidad, superase en altura a las nubes, dándome un baño de sol con un mar de algodón debajo. Pero raras veces se produce esa casualidad aquí en Madrid. Lo más normal es que te metas en la niebla y no te veas ni la punta de la nariz. Subí a la Morcuera en coche y de allí caminando hasta la Najarra y por la Cuerda Larga hasta Asómate de Hoyos. Al comienzo se veía algo, pero una vez arriba la niebla era muy espesa, me daban tentaciones de volverme. Seguí adelante. Es una sensación extraña, espeluznante, caminar en solitario y con niebla; aún lo es mas si la montaña está nevada. Te sientes como en otro mundo; esperas que, de un momento a otro aparezca algo o alguien, la literatura y el cine fantásticos nos tiene acostumbrados a ello: un personaje demacrado como en Los Otros, un pterodáctilo como en La Niebla, de Stephen King... Según vas andando aparecen sombras, inmóviles, son rocas. Escuchas sonidos a tu espalda y te das la vuelta sobresaltado, sin ver nada. Mientras, el viento arrecia lanzando contra tu chubasquero pequeñas gotitas de agua. Había cabras, término genérico para los legos en materia de caza o biología de montaña, como soy yo; ayer no las vi, pero las escuché y las olí. Ellas me escucharon antes y salieron huyendo... Bueno, en realidad escucharon mis bastones.

Me encontré con un ser humano que, harto de la niebla, se volvía a casa. Su encuentro me hizo recapacitar sobre mi situación, mi situación geográfica: estaba más arriba de lo que yo pensaba, me había pasado un desvío. Saqué el tamagochi y lo comprobé con el mapa, efectivamente. Entonces se me ocurrió sacar partido al asunto: a partir de ahí haría una ruta de orientación. Marqué dos puntos en el mapa, los metí en el tamagochi, y recé para que los americanos no movieran los satélites de su sitio. Bien, lo cierto es que fui un poco patán al meter los datos, me equivoqué en unos cientos de metros, pero el aparatejo funcionaba de maravilla; la equivocación fue solventada por mi sentido de la orientación o compensada por el error de no hacer caso al bicho, nunca se sabe. El mejor momento del día fue cuando, mientras bajaba, se abrió la niebla y tuve una perspectiva del Valle del Lozoya con las nubes al alcance de mi mano. Al final hice 17,11 km. con unos 800 m. de desnivel positivo.

Y todo esto después de haber estado hasta las tantas viendo a los Caskarrabias, que mira que son malos: tres melenudos gigantescos haciendo ruido infernal. Y no es envidia. ¡Juanjo, no vuelvo a ver a tu grupo ni a hacerte publicidad! Al menos hasta que no cambiéis de técnico de sonido y de cantante y metáis el violín en todas las canciones. Los de Ginevra Benci, sin embargo, sonaron bastante bien, estilo rock transgresivo, discípulos de Extremoduro, Platero y otras hierbas. En cuanto me funcione interné (qué cruz, Dios mío, mayor que la de Santiago) pongo la mula a trotar para bajármelo.