sábado, 30 de marzo de 2013

El Chorro de los Navalucillos (03-02-13)

Después de una noche reparadora nos levantamos sin tampoco mucha prisa, no recuerdo exactamente la hora porque para el caso es irrelevante, ya que la ruta que nos tocaba hoy no era excesivamente larga. Desayunamos de nuevo tostada con aceite, pagamos la minuta de las dos noches con cena y cervezas, aviamos a Rafa y salimos a la calle: el día parecía espléndidamente soleado, aunque un viento gélido (y la experiencia del día anterior) hizo que metiéramos al pequeño en su buzo de invierno. Seguramente no, pero nos queda la duda de si no pasaría excesivo calor durante la marcha, pues ésta discurría por el fondo de un cañón en el cual no corría mucho aire y la temperatura, entonces, resultaba agradable.

Salimos a dar una vuelta por el pueblo para hacer las fotos de rigor que nunca logramos hacer a tiempo sino a última hora, cuando ya nos vamos a ir. A mí especialmente me interesaba el monumento a los Caídos por Dios y por España con esas formas austeras propias de los regímenes autoritarios; este en cuestión era una cruz flanqueada por dos obeliscos de aspecto egipcio (ya se sabe que al fascismo le es grato todo lo procedente de antiguos imperios). En la misma plaza una farola con gárgolas dignas de ser fotografiadas.



Volvimos al coche, nos montamos y nos despedimos de Navahermosa poniendo rumbo hacia Los Navalucillos, donde nos esperaba El Chorro del mismo nombre, aunque hay una buena tirada desde el pueblo hasta el chorro por carretera y por caminos: concretamente hay 16 km en coche, seis de los cuales se realizan por pistas forestales (aunque sin grandes baches ni peñascos), hasta la barrera y caseta del Parque Nacional de Cabañeros. Merece la pena, no obstante, detenerse a contemplar el Valle de Las Becerras desde lo alto, nada más abandonar la carretera asfaltada:


Tras llegar a la caseta de los guardas forestales dimos nuestros nombres y lugar de procedencia, después dimos de comer a Rafa mientras yo andaba leyendo folletos, mirando mapas y observando a los viajeros de un todoterreno que paró frente a la caseta; uno de ellos se apeó con tan mala suerte que algo le debió crujir en la rodilla porque empezó a gemir, pero los viajeros no pensaban detener su nave y continuar el camino andando, simplemente buscaban información o bien para hacer la ruta motorizada o bien para volver en otro momento; los compañeros recogieron al accidentado y volvieron por donde habían venido.

A todo esto nos dieron la una de la tarde, buena hora para emprender la marcha, pensaréis, lo cual sería irónicamente cierto si de otra época del año se tratara o si la ruta fuera más larga. Pero yo ya me había hecho a la idea, había reflexionado sobre el asunto y había decidido armarme de paciencia. Comenzamos, pues, a andar por la pista, dirección sur, remontando el Arroyo de El Chorro, deteniéndonos a contemplar las curiosidades de la guía que nos proporcionaron, como la turbera que podéis ver en la foto.


O los huesos de algún bicho devorado por los buitres, zorros, insectos, larvas y demás organismos microscópicos.


El camino continuó entre las típicas maravillas campestres (hierbas, arbolitos, rocas...) sin nada sobresaliente que mencionar salvo el cruce con una chiquilla de unos 13 ó 14 años con los típicos cascos en las orejas propios de los adolescentes interesados en su propio mundo y ajenos a lo que les rodea. Me acuerdo de la chica porque me extrañó que ver a una adolescente solitaria y con una actitud tan poco campestre (ni se molestó en mirarnos, no digamos ya saludar); lo primero en que pensé fue en que se habría adelantado a su familia, como así resultó ser; lo que pasa es que su familia llevaba un buen retraso respecto a ella. ¿Que cómo supimos que era su familia? Porque nos preguntaron por la chica.
...Nada sobresaliente que mencionar hasta llegar al final de la pista, luego el camino subía por la ladera en la cual habían instalado unos peldaños y barandillas. Después se convertía en un sendero de media ladera como Dios manda, con sus rocas en medio del camino y sus pasos aéreos (aunque no muchos).:


Después el sendero se adentra en un bosque de curiosas encinas por la cantidad de ramas entrelazadas que nacen desde casi el suelo y por los líquenes en sus troncos:

encinas

Poco después nos encontraríamos con un sestil (o refugio de pastores) y una bifurcación señalizada: hacia la izquierda y monte arriba se iba hacia el Chorrera Chica y el Rocigalgo (el más alto de los Montes de Toledo, con 1448 m.), hacia la derecha, en dos minutos y tras cruzar un puente de madera llegaríamos al Chorro.

El Chorro en cuestión es un espectacular salto de agua de unos veinte metros y su entorno encajonado proporciona un microclima húmedo y sombrío en el que se pueden observar especies vegetales de climas más húmedos y fríos no vistas a lo largo de toda la ruta, destacando por ejemplo los helechos de las paredes.

el chorroel chorro 1

Pasamos veinte minutos contemplando la caída del agua, dejándonos arrullar por su sonido... Hasta que el sonido de nuestros estómagos se levantó por encima del de la cascada; eran las tres de la tarde y era menester hacer la parada de la manduca. Como el sitio era bastante frío (recordemos que estábamos a principios de febrero) decidimos subir a un sitio donde diera el sol, de modo que volvimos sobre nuestros pasos hasta el sestil y comenzamos a subir por el camino de la Chorrera Chica en busca de ese  soleado lugar.

Una vez salvado el salto de agua, en una zona de rocas soleadas (aunque no por mucho tiempo) y al abrigo del viento decidimos plantar nuestro picnic. Gema se fue a hacer unas fotos a la cascada desde arriba y me dejó con el niño, tras lo cual, pasado un cuarto de hora, dejé al pequeño bien apañado sobre una roca, con las mochilas para que no rodase río abajo y me fui en busca de su madre (que estaba a la vuelta de la primera roca). Respiré aliviado, me pasó la cámara y me dijo que fuera a ver si podía sacar una foto más de cerca... De acercarme al abismo, nada; aquello estaba demasiado húmedo, había musgo... No había necesidad de dejar huérfano a Rafa. Preferí sacar fotos a un gran monolito de piedra:

riconcito para comer

el chorro desde arriba

picacho

Impresionante, ¿verdad? Es lo que tienen las fotos sin referencias: no te haces idea del tamaño de las cosas. El picacho en cuestión no tendría más de cuatro metros.

paco entre las rocas

En fin, comimos nuestras viandas: una lata de sardinas con pan, manzana y chocolate, que puede parecer una miseria, pero en el campo cualquier cosa te parece un manjar de dioses y cualquier piedra picuda un trono digno de reyes. Y la sombra empezó a acecharnos. Es lo que pasa en los cañones profundos (y este no lo era tanto), la sombra te alcanza pronto. Así que no pudimos relajarnos y echarnos una siesta. Recogimos el picnic y nos fuimos por donde habíamos venido.

Uno tiende a pensar que vaya rollo el volver por donde se ha ido, que ya está todo visto. Pero no es cierto: lo que has visto a la ida lo has visto desde una perspectiva determinada y con una luz determinada, y a la vuelta la luz a cambiado y las cosas las ves desde otro punto de vista. Especialmente bonitas son las rocas cubiertas de líquenes iluminadas por el sol del atardecer, parecen pintadas de fosforito. Tampoco nos dimos cuenta a la ida del musgo que cubría las rocas de una pedrera:

roca y liquenes

liquenes

musgo

Por alguna absurda pizca de ingenuidad que todavía me queda pensé que el control a la entrada del parque incluía también una cierta preocupación institucional por las personas que allí entraban, de modo que no quería volver muy tarde para no preocupar a los guardas, así que estábamos en el aparcamiento a las cinco y media de la tarde, cuando ya habían cerrado la caseta de los forestales y ya se habían marchado la mayoría de los coches. ¿Para qué tomarían nuestros nombres (no me acuerdo si hasta me pidieron el teléfono) si luego no se preocupaban de si volvíamos o nos quedábamos a morir de frío? ¿No bastaba con preguntarnos de dónde veníamos (por aquello de las estadísticas) y apuntar cuántos éramos?

Así que en medio de la soledad Gema se fue tras unos arbustos a... A ver un zorro. Un zorro que andaba olisqueando y rebuscando por los alrededores en busca de algún resto de comida humana. Zorros he visto unos cuantos, pues llevo tiempo andando por el campo, pero eran zorritos, pequeños. Este era bastante grande:


Tras pasar media hora haciendo videos y fotos al zorro, que no se asustaba de nuestra presencia y que por su tamaño prefería dejar cerrado el coche con Rafa dentro, no fuera a llevárselo como aquel supuesto dingo que en 1981 se llevó a un bebé en Australia (ver película "Un grito en la oscuridad") y que el año pasado cerraron el caso dictaminando que fue efectivamente un dingo (noticia en intereconomía), tras esto, decía, nos pusimos en marcha para volver a casa, previa parada en Navalucillos donde nos tomamos un café y dimos de merendar a Rafa, el cual estaba bastante ñoño y no lograba dormirse.

La Milagra - La Sombrerera (02-02-13)

Nos despertamos a las ocho de la mañana. Esta vez no fue Rafa quien me impidió pegar el ojo o planchar la oreja como Dios manda, aunque volvió a dormir entre Gema y yo, sino las cañerías de la calefacción del hostal. A las 00:00 horas en que nos acostamos Rafa empezó a hacer sus ejercicios vocales de contento (también hace ejercicios vocales de mosqueado, pero estos no llegan, ni de lejos, a los decibelios de los otros), lo cual haría las delicias de nuestros vecinos de habitación: posteriormente en el bar pregunté a uno de ellos, pero me contestó con el típico sí acompañado de sonrisa propio de quien no ha entendido lo que le has preguntado y tampoco tiene ningún interés en entenderlo).

Tras dar de desayunar a Rafa, bajamos a desayunar al bar: un café y una tostada. Tras desayunar Gema fue a comprar el pan mientras yo enredaba en el GPS para localizar la calle por la que salir del pueblo para llegar a La Milagra, una ermita sacada de algún western de la baja California:

la milagra

Allí dejamos el coche y tras apañar a Rafa con un segundo desayuno y un cambio de pañales, cosa a tener siempre en cuenta cuando se quiera ir con hora y con niño a cualquier sitio (es decir, si se quiere salir a las 12:00 hay que hacer lo posible por intentar salir a las 11:30, pero no era este el caso pues no habíamos quedado con nadie ni habíamos de volver a ninguna hora) le metimos en la nueva y flagrante mochila Ergobaby, que no parece una mochila para andar por el campo porque carece de hierros, pero a decir de los entendidos es mucho mejor para el nene y para el papa (o la mama)... O sea, para mí cómoda es, no voy a decir que no (no sé si más que la de los hierros), pero eslomado seguro que acabo después de 4 horas con el niño colgado.

Comenzamos a caminar  por la pista que sale detrás de la ermita y discurre por la falda de El Cabezo, un monte que como la mayoría de los de la zona consiste en una serie de estratos de rocas metamórficas, cuarcitas y pizarras, inclinados hacia el suroeste, dando lugar a pendientes relativamente suaves hacia el nordeste, pero con grandes cortados por el lado opuesto. El paisaje estaba compuesto en esta zona por pinares de repoblación a la derecha y por tierras de cultivo a la izquierda.

casa de campo

A los dos kilómetros y poco llegamos al Collado de la Madroña, un sitio bastante bonito desde donde se puede observar el valle de Hontanar (un pueblo más pequeño que Navahermosa y con más encanto). Desde el collado se puede bajar hacia el valle por una pista o directamente hacia el pueblo por un camino. En esta zona se podían observar árboles y arbustos de otro tipo, sobre todo enebros, encinas y robles.

el cielo azul

panoramica

Cogimos la pista que subía hacia la izquierda por la vertiente norte de la loma de Valcavero. Entre el último de los picos de esta loma y la Sombrerera se encuentra el Collado de Merlín, topónimo poco común y menos tradicional, al menos por estas latitudes. Al cabo de otros dos kilómetros, ya en las faldas de la Sombrerera, tomamos la pista que sube hasta la cumbre. Ya veníamos observando que cuando una nube ocultaba el sol soplaba un aire gélido, pero en la cumbre el aire era constante.

escaleras entre el pedrerio

mirador

vistas desde la cima

Afortunadamente allí mismo había dos pequeñas casetas, supongo que de antigua vigilancia antiincendios, cuando resultaba muy caro vigilar desde helicópteros o avionetas, o algún tipo de repetidor de radio, por las antenas que todavía quedan, sujetas por unos cables que amenazan con cortarte el cuello o las orejas a la que te descuides. Nos hicimos las fotos de rigor en la cumbre y nos metimos en una caseta a comer nosotros y a dar de comer a Rafa. Sopesando las posibilidades de continuar por la loma vi a dos personas dirigiéndose hacia donde estábamos, los dos únicos caminantes en toda la jornada. Llegaron, se hicieron las fotos, me comentaron la larga marcha que estaban haciendo y se fueron no sin antes tropezar con el cable que, de no ser por los gorros que llevaban, podía haberles dejado un recuerdo en la frente... Quizá por ello se denomine sombrerera: sombrero para que no se te vea el corte.

refugios      comida en el refugio

rafa y yo en refugio1
Ja, payo, dame argo.
La idea era, después de comer, continuar por la loma de la Sombrerera hacia el Arroyo de los Trevejiles, aunque sin llegar a él, para volver por otra pista. En dicho arroyo parece ser que existe una buena chorrera digna de ver; pero el camino es bastante complicado para llevar a Rafa colgado. Sin embargo, nada de eso hicimos: entre las nubes que amenazaban con juntarse y el aire frío, decidimos volver por donde habíamos venido, eso sí, sin tanto miramiento, rapido para entrar en calor. Nada digno de reseñar en la bajada.

Sin embargo, una vez en La Milagra, decidimos continuar un poco más por la parte baja del camping (que, o bien está abandonado, o sólo lo abren en verano) hasta el Alcornoque centenario, un impresionante ejemplar del que nos dieron noticias los dos caminantes antes comentados y que, todo hay que decirlo, fuimos a ver gracias a Gema, porque yo tenía ya la espalda molida de cargar con el peque. Al lado del alcornoque había unas ruinas de las que le gustan a Gema y de las que hay pocas fotos... Bueno, pocas fotos hay porque tenemos muy mala suerte. Ese día se unieron dos circunstancias: que el sol siempre estaba frente a la cámara y que ésta estaba configurada en una extraña disposición que, a tenor de los entendidos y profesionales, crea una pequeña pixelación de las fotos.

el alcornoque

ruinas

De vuelta a la Milagra cogimos el coche y bajamos hasta el pueblo de Hontanar para tomar un café en su centro cívico, en el cual había una magnífica exposición de fotografía sobre la fauna y flora del entorno. En mi contra he de decir que me negué a dar una vuelta por el pueblecito, por no sacar el carrito de Rafa, ya que en la mochila teníamos que ponerle un mono... Llevar un niño pequeño consiste en acarrear no sólo al niño, sino todos sus complementos: ropitas, cremitas, pañalitos... O sea que el encanto del pueblo lo "atisbamos" desde su calle principal (la carretera). Pero, vamos, que tiene su restaurante y sus dos casas rurales.

Después del café volvimos a Navahermosa para visitar el Castillo de las Dos Hermanas, donde cuenta la leyenda que los espíritus de dos hermanas moras pierden el encantamiento la noche de San Juan y bajan a lavarse al río, para luego volver a su interior. En realidad no es río, es arroyo, precisamente el Arroyo de Merlín, que viene desde el collado de mismo nombre. El castillo está en ruinas, aunque son unas ruinas dignas, que para ello tienen los muros dos metros de espesor, ruinas en las que todavía pueden observarse el arco apuntado de la entrada y las troneras en los muros. Parece ser que en sus inmediaciones tuvo lugar una batalla entre la orden de Alcántara y los templarios.

castillo de dos hermanas



Tras nuestro periplo volvimos a Navahermosa donde un amigo nos tenía preparada una sabrosa merienda en su humilde y austera morada, merienda que fue acompañada con reflexiones filosóficas y teológicas.