miércoles, 13 de julio de 2011

Reflexiones alpino-epilogales sobre la asunción del riesgo

...Y aquí me encuentro, dos semanas después de mi experiencia alpina, sentado ante el ordenador, intentando dar forma a unos pensamientos que han ido surgiendo y fermentando mientras recordaba todo lo vivido. Aquí me encuentro, con el brazo algo mejor, aunque sin poder hacer molinillos todavía. Aquí estoy con la punta del dedo gordo insensible.

A veces una pequeña vivencia es más educativa, más importante para la vida de una persona, que una supuesta gran experiencia. Cuando hice el Camino de Santiago hace cuatro años en realidad aprendí muy poco sobre mí y sobre el mundo, quizá no recorrí ese camino interior que dicen recorre el peregrino al son del camino exterior... O quizá ya lo había recorrido antes, que todo puede ser, y por eso pocas cosas me extrañaban. Lo que aprendí en el Camino fueron cosas sobre el propio Camino. En cambio, estos cuatro días en los Alpes sí me han hecho reflexionar sobre mí y sobre el mundo, no sólo sobre el alpinismo.

Estas reflexiones surgen de un hecho básico: allí arriba nos estábamos jugando la vida. Cuanto más experto eres menos te la juegas en el sentido de que vas más seguro y sabes lo que hay que hacer en cada momento (lo cual no te libra de un tropiezo, de un desprendimiento, etc.); pero no era mi caso. No me considero alpinista por haber ido allí, ni por hacerme la cresta de Los Claveles todos los inviernos, con algún corredor de Peñalara. De modo que nosotros sí nos la estábamos jugando mucho más; Javier quizá menos, pero como íbamos encordados, un error mío también habría sido sufrido por él.

Cuando estás en una arista o en una pala de nieve con varios cientos de metros de caída cualquier error puede ser fatal: que se te enganche un crampón con el pantalón de la otra pierna, que pises en una zona inestable... Si a esto le añadimos el mal de altura y el mareo que conlleva, el riesgo se multiplica. Si le añadimos el nerviosismo provocado por la posibilidad de congelación de los dedos o el de la misma percepción del peligro de caída, el riesgo se multiplica mucho más. Y si a ello le añadimos la posibilidad de que el hombro se hubiera salido en cualquier momento... El milagro es que hayamos vuelto.

Bueno, quitémosle dramatismo, porque tampoco se puede decir que haya visto a la muerte de cerca, o al menos no tanto como mi compañero, que en una ocasión se pasó colgado en una pared muchas horas con un tiempo horrible y sin poder moverse (casi le tuvieron que amputar un dedo). Pero al menos ha sido suficiente como para hacerme pensar en el porqué de la asunción de estos riesgos.

Reconozco que estas reflexiones están provocadas no solo por el hecho en sí, sino por la percepción del mismo, la percepción del riesgo, una percepción que puede ser distinta en función de la experiencia del alpinista. Sin embargo, la génesis no invalida la estructura, es decir, lo que aquí diga desbordará el universo del alpinismo y abarcará otras facetas de la vida humana, individual y colectiva, razón por la cual el hecho de que "haya vuelto asustao", como me ha dicho alguien, no significa que todo lo siguiente carezca de valor.

Una de las respuestas más recurrentes de la gente cuando le hablas del riesgo y de los peligros a los que te has expuesto, aún en el caso de que no se atrevieran a hacer lo que tú, reconocido por ellos mismos, es el hecho de que constantemente en nuestra vida occidental estamos expuestos a múltiples riesgos: explosiones de gas, electrocuciones, ahogamientos, terremotos, derrumbes, accidentes nucleares y, los que se llevan la palma, los accidentes de tráfico. Esto ya de por sí es una materia a tratar, "la sociedad del riesgo", de la que habló en los 80 Ulrich Beck, y de la que algo diremos aquí. Pero lo importante es que, asumido que vivimos en dicha sociedad, ¿por qué asumir más riesgos de los necesarios?

Hay otra cuestión también bastante interesante y es la siguiente: ¿ha sido necesario que fuera a los Alpes para darme cuenta de esto? Al parecer sí. Lo que quiero decir es que no es la primera vez que pongo mi vida en peligro en la montaña. Muchas veces, yendo solo por la Sierra de Guadarrama, he abandonado el camino y me he puesto a subir por rocas y ha llegado un momento en el que no podía seguir ni para adelante ni volverme hacia atrás (al final, evidentemente, pude continuar, de lo contrario no habría escrito esto); las caídas eran considerables, diez, quince metros, suficientes para matarte. Otras veces me ha pillado ventisca en Peñalara e incluso he sufrido principio de congelaciones. ¿Cuál es la diferencia en este aspecto entre Peñalara y los Alpes? ¿Que con diez metros te puedes quedar parapléjico y con quinientos te matas seguro? Algunos no verán tanta diferencia, otros sí; la mayoría seguramente preferirían los Alpes. ¿Es quizá esa altura que tanto impresiona lo que activa el miedo y hace percibir el riesgo de un modo más acusado? ¿No serán todo esto las dudas de un principiante? Es decir, ¿no se inmunizará uno frente a esas alturas, esos miedos, al cabo de unas cuantas veces? Muy bien, imaginemos que estamos inmunizados, imaginemos incluso que nos hemos aclimatado a la altitud: los riesgos disminuyen, pero no desaparecen. Es más, cuanto más expertos somos, más lejos queremos llegar, más alto queremos subir... Y cuanto más alto se sube más dura es la caída.

Pero el alpinismo es sólo una de las muchas actividades X-treme que actualmente están tan de moda. Entre estas actividades están la escalada, descenso de barrancos, paracaidismo, descenso en BTT, puenting, rafting, free-ride... Deportes de aventura que nos hacen saltar la adrenalina por las orejas y pretenden hacernos sentir "más vivos", protagonistas de nuestra propia vida.

Pero, ¿es que acaso nuestra vida diaria es tan aburrida que necesitamos sentirnos dentro de una película de acción? ¿Es que nuestro trabajo no nos realiza? ¿Es que nuestras relaciones familiares no nos satisfacen? Al parecer se está cumpliendo, quizá de un modo paradójico, aquel lema del 68 que rezaba "No queremos un mundo en el que la garantía de no morir de hambre se compensa por la garantía de morir de aburrimiento". Aquellos "revolucionarios" criticaban el capitalismo de consumo, un sistema económico que lo único que nos proporcionaba eran bienes: la vida consistía en trabajar y consumir. Pero desde los 90, tal y como explica Vicente Verdú en su libro "El estilo del mundo", el capitalismo se ha extendido a otros ámbitos de la existencia humana y ya no se venden sólo productos, sino experiencias e incluso estilos completos de vida, el más llamativo de los cuales es el estilo X-treme. De ahí que proliferen como setas las empresas de aventuras y turismo activo.

Evidentemente, como en todo, hay grados y en cada actividad de estas existen unas modalidades más peligrosas que otras. Veamos un vídeo:





Dan Osman murió en uno de sus saltos. La pregunta es: ¿tenía algún valor la vida para este hombre? Quizá sí, quizá el estar al borde de la muerte le haga a uno apreciar más las pequeñas cosas de la vida, tal y como dice Javier-Khumbu, mi compañero en los Alpes. Pero de ser así, ¿no bastaría simplemente con una sola experiencia? ¿no bastaría con caminar una sola vez por el filo de la navaja para dar el valor que merece a nuestro día a día? ¿O es que las ocho horas de trabajo en la oficina son una condena de la que intentamos escapar cada fin de semana? ¿Y la familia? ¿Y los amigos? ¿No tienen valor?

¿No corremos ya suficientes riesgos en la vida cotidiana? Nos levantamos y encendemos el gas (que puede explotar) para meternos en la ducha, cogemos el automóvil (con el que podemos sufrir un accidente) para desplazarnos al trabajo, o cogemos el tren (con el riesgo de un atentado terrorista); podemos sufrir las consecuencias de accidentes nucleares o terremotos. Todos estos riesgos han sido asumidos por nuestra sociedad como inevitables, cuando lo cierto es que serían perfectamente evitables bajo otro modelo económico. Vivimos en la "sociedad del riesgo"; mucha gente vive aterrorizada por todo ello, y lo cierto es que tampoco puede uno vivir así, pensando que en cualquier momento le va a sobrevenir el desastre. Lo curioso del asunto es que esta gente tan miedosa (un miedo, por cierto, inducido por los medios de comunicación) también vive al límite; su vida diaria es una experiencia extrema. Serán unos exagerados, pero su experiencia de viajar en tren puede ser tan adrenalítica como para nosotros atravesar la arista Midí.

En los 60, con la universalización de los medios de comunicación, principalmente de la televisión, se configuró la llamada "Sociedad del espectáculo". En ella el tedio de lo cotidiano se conjuraba a través del espectáculo, llegando a convertir en espectáculo la realidad misma, pero una realidad ajena al espectador (la realidad política, la realidad de su equipo de fútbol, la realidad del Vietnam...) El espectáculo siempre ha existido y ha existido como medio de evasión. Sin embargo, la culminación del espectáculo es que la propia vida de uno sea concebida de un modo espectacular, como el protagonista de una película de acción. Y para ello uno ha de ponerse en peligro, ya sea montando en un tren acechado por terroristas, ya sea colgando boca abajo de un puente.

Tanta película, tanta noticia, tanto deporte extremo en los medios de comunicación han acabado por lavarnos el cerebro, lo han despejado de la antigua fronda y han plantado la semilla de lo heroico, o la semilla de la fama (en el caso de la prensa, la tele rosa y los reality-shows). Y además todos podemos ser héroes y/o famosos, pues el abanico de actividades es inmenso: el que no hace alpinismo, hace free-ride y el que no, kate-surf, y si no, motociclismo, y si no, a los sanfermines... Por no hablar ya de los que se dedican al sexo duro (otro tipo de heroicidades). El caso es salirse de lo cotidiano, sobresalir(se). Es el signo de los tiempos: la postmodernidad que se caracteriza por una puerilidad en la que, sin embargo, la imitación de los héroes ha dejado de ser un juego, pues nos va la vida en ello (y se nos puede ir en ello).

Ya no nos basta con salir a correr un rato todos los días y así estar en forma, no. O salir los fines de semana al campo, a la sierra, para respirar aire puro y ver paisajes. En cuanto empezamos a coger soltura en una actividad deportiva queremos ir a más: si corremos, nuestro objetivo es un maratón; si salimos al monte, nuestro objetivo es el Mont Blanc; objetivos ambos lesivos y peligrosos.

"Ir a más", pues claro, "superarse", "transcenderse", "Citius altius fortius"... ¿Acaso no es esto una pequeña muestra de nuestra divinidad, de la elevación de nuestro espíritu hacia las esferas celestiales? Pamplinas. La superación, los límites... Majaderías que nos han metido en la cabeza los del Filo de lo Imposible y los anuncios de Nike y Pepsi Max... Esas cosas están reservadas para los héroes, para los superhombres, para esas figuras que entretienen a los niños y llenan de orgullo a sus mayores, paisanos y compatriotas, pues no olvidemos que la función social de los héroes es la de servir de aglutinante en una identificación grupal.

Se me podrá objetar que eso de poner la vida en peligro inútilmente (otra cosa es trabajando), no es algo de ahora, sino que data de antiguo, que siempre se han subido montañas, nos hemos puesto delante de los toros o hemos atravesado descalzos metros de carbón ardiendo. Pues claro, tampoco es que ahora seamos mucho más tontos que antes, lo que ocurre es que lo somos durante más rato y más gente. Antiguamente esas cosas se hacían en honor a los dioses paganos, posteriormente en honor de los santos (cuando estos sustituyeron a aquellos) y ahora lo hacemos en honor a nosotros mismos. Lo de subir montañas, por otro lado, siempre fue una afición de aristócratas, esto es, de gente ociosa, gente aburrida de su vida cotidiana; una vida consistente, básicamente, en tocarse el bolo. El aristócrata de los siglos XVIII en adelante es un ser acomplejado por el peso de sus apellidos, por la gloria de sus antepasados labrada en el fragor de la batalla; es un ser melancólico, romántico, que necesita realizar alguna hazaña para ponerse a la altura de su misma cuna; es un hombre llamado a convertirse en héroe.

Los héroes, el panteón celeste... Pero nosotros, simples curritos mortales, ¿por qué queremos ser héroes, si acaban todos muertos? ¿Por qué necesitamos sobresalir? ¿Por qué queremos ser superhombres? Según Nietzsche el advenimiento del superhombre sólo llegará tras el ocaso de los ídolos, pero, claro, Nietzsche no se imaginaba que, en la sociedad del espectáculo que estaba por venir, los ídolos religiosos serían sustituidos por ídolos de carne y hueso. En este sentido Nietzsche se quedaba corto frente al punk ("mata a tus ídolos"). Nietzsche proponía la sustitución de los ídolos por uno mismo, ser cada uno su propio ídolo y ejercer así la voluntad de poder. El asunto se las trae, ya que tampoco andamos tan lejos de dicha propuesta. Sin embargo, ¿acaso no es necesaria bastante voluntad de poder para llevar a cabo la vida cotidiana?

Ahora sopla un aire más fuerte de lo normal, veo agitarse las hojas en el árbol de mi patio... ¿Nada fuera de lo común? Quizás. El viento sopla y ulula a través de las rendijas de las ventanas. Quizá lo cotidiano no sea llamativo, no sea interesante, porque no sabemos mirarlo. Si lo pensamos un poco existen multitud de cuestiones en la vida diaria que nos plantean problemas a solucionar, problemas que exigen mirar de otro modo esa pequeña parcela de realidad cotidiana, por ejemplo, ¿cómo evitar que entren las hormigas en el bol de comida del gato? ¿cómo evitar que entren otros gatos en casa? ¿cómo evitar, de aquí en adelante, que se me salga el hombro? Muy bien, todo esto será muy interesante pero no produce elevados niveles de adrenalina (aunque, bueno, enfrentaos a un gato acorralado a ver qué tal). Pero, ¿son necesarios esos niveles? ¿para qué? Son adictivos, eso sí. ¿No estaremos ante otro tipo de droga que nos ofrece la sociedad de consumo?

Observemos lo cotidiano, lo pequeño. "Lo pequeño es hermoso", frase que, aunque suene muy Zen y New Age, fue acuñada por el economista alemán Ernst Friedrich Schumacher en 1973 como crítica a la economía basada en los grandes proyectos que llevó a la crisis del petróleo, cosa que no viene al caso... O sí, porque podríamos establecer paralelismos. Caminemos por sendas y observemos las piedras, las flores, las hierbas. "¿Por qué voy a pasar por un sitio en el que si doy un traspiés me mato?", me dijo Juan Jesús, compañero de facultad, en los riscos de la Cascada del Purgatorio donde, por cierto, se me salieron los hombros por primera vez (aunque no ese día). ¿Necesitamos pasar por esos riscos? ¿Necesitamos esas medallas? "Las medallas son chapas de hojalata", decían La Polla Records.

He querido sentirme un héroe y en este momento me encuentro como el protagonista de la canción "El malo", de Barón Rojo: "...ahora el hombre está feliz / diez días en prisión / por imprudencia al conducir". No sé si volveré a repetir algo de este estilo (desde luego no sin antes operarme); no sé si podré sustraerme al romanticismo y a la mística del alpinismo, pues el saberse enfermo y conocer la causa del mal no nos sana, como pretende el psicoanálisis.

Y ya que nos ponemos a hablar de psicología, vamos a meter aquí las ideas de Gema al respecto (así, como seguramente me equivoque en algo, damos pie a que intervenga, pues su enfoque siempre es interesante). Según ella la gente que hace cosas de este cariz, poner su vida en peligro sin motivo ni razón, se debe a que necesitan demostrar algo, a que necesitan valorarse (y sentir que los demás le valoran) por alguna actividad ajena a su actividad cotidiana, es decir, que sería algo así como una especie de reacción a un sentimiento de inferioridad como persona. Lo que yo me pregunto es si la persona es algo distinto de sus acciones y, sobre todo, si yo me siento inferior. ¿Me siento inferior a mis compañeros de trabajo? No. ¿Me siento inferior a mis compañeros del curso de Técnicos Deportivos de Montaña, que son todos unos máquinas? Quizá. ¿Me siento intelectualmente inferior a Gema, a mis compañeros de facultad? Puede ser... Soy un piltrafilla.

Quizá toda esta reflexión acerca del riesgo se debe a que me hago mayor, pues es sabido por todos que los jóvenes arriesgan más que los viejos. ¿Se debe a que tienen más energía? ¿A que tienen menos consciencia del peligro? ¿A que no tienen tanto que perder? Uno se vuelve conservador cuando tiene algo que conservar, es decir, cuando a lo largo de su vida ha conseguido una serie de bienes, cuando tiene mujer, hijos... Sobre todo cuando ha conseguido estas cosas con esfuerzo, porque muy distinto es aquel que nace con todo debajo del brazo y, por lo tanto, no da valor a lo que tiene. Claro que, hoy en día los jóvenes a los que les dan todo hecho tampoco valoran nada... No a todos, por supuesto. de todos modos, si de arriesgar la vida se trata, lo suyo sería que la arriesgaran más los viejos, que ya han vivido bastante, que no los jóvenes... En fin, creo que ya estoy desvariando, son las diez y media de la noche y me he tomado una Alhambra 1925 sin cenar.

Solo una cosa más. Cuando le preguntaron a George Mallory, uno de los primeros en subir al Everest (aunque no se sabe si hizo cumbre), por qué escalar montañas, contestó "porque están ahí". O sea que, encima de querer tocar el cielo, se las daba de modesto. ¿Habráse visto semejante vanidad, semejante hybris? Los dioses le castigaron y no permitieron que se encontrara su cuerpo hasta 75 años después, a 520 metros de la cumbre. Murió con 38 años: ¿joven, viejo?

Intervención de Gema:

Intervengo, esperando estar a la altura de “ese enfoque siempre interesante” con el que me halagas.

Según lo pones parece que yo digo que todo el que hace deportes de riesgo es un “jodio” acomplejado y tampoco es eso. Me remitiré al refranero con eso de “dime de qué presumes y te diré de qué careces”. Lo importante es que en los actos de las personas, no todo son razones sociales, también influye la psicología, la personalidad de cada quien y a este respecto tu texto es muy tendencioso, pues no todo el mundo que hace deporte se convierte en un “friki” o empieza a competir (aunque el deporte tenga algo de competición en sí mismo).

Por otra parte el psicoanálisis solo te va a "curar" de lo que vivas como un problema, como una enfermedad, como una limitación; si subir a las montañas te ayuda a reforzar tu autoestima y no te genera conflictos ni contigo mismo ni con la sociedad a la que perteneces, no hay enfermedad “mental” que curar, porque no hay sufrimiento. Si por el camino te rompes la crisma o se te sale el hombro será cosa del traumatólogo o de cualquier otro “médico del cuerpo”, al médico del alma solo le importa que seas feliz rompiéndotela.

En cuando a las razones político-sociales del gusto por el riesgo estoy totalmente de acuerdo contigo (sin que sirva de precedente) en que vivimos en una sociedad con una necesidad de estimulación constante en la que hasta nuestro tiempo “libre” debe ser rentabilizado a base de acumular “experiencias”. Acumulación y rentabilidad conceptos claves del capitalismo, la maldita sociedad de consumo a la que tú siempre culpas de todos nuestros males.

De tu texto me gusta especialmente esta frase: "Quizá lo cotidiano no sea llamativo, no sea interesante, porque no sabemos mirarlo." Esta idea sobre el valor de la cotidianidad y nuestra incapacidad para apreciarlo está muy bien representado en la peli de Smoke http://youtu.be/SZ4dLYDN0RU. Vamos tan deprisa que no tenemos tiempo para apreciar la infinita riqueza, variedad y valor del mundo que nos rodea.

Hay otro elemento que tratas muy de soslayo y que en mi opinión es clave para entender el creciente interés que suscita en la actualidad el deporte, la competición y el riesgo: el de la juventud. Vivimos, o aparentamos vivir, en una sociedad de hombres y mujeres eternamente jóvenes. La adolescencia que llega hasta los 30 o incluso los 40 y nos hace evitar las responsabilidades y buscar el placer. Como tu bien dices arriesga mas el joven porque tiene poco que perder (responsabilidad) y la adrenalina es una droga potente y gratuita (placer).

Además, como adolescentes necesitamos reivindicar nuestra independencia asumiendo riesgos, para prepararnos para asumir los riesgos reales que conlleva la asunción de compromisos. Pero en nuestra sociedad ese paso hacia la madurez se posterga cada vez más en un intento de prologar la juventud y vencer así a la vejez y a la muerte.

Ya vivimos en una sociedad de superhombres en la que el dolor, el cansancio, la enfermedad, la debilidad… todo lo que nos hace humanos es, sistemáticamente, evitado u ocultado. Desde la publicidad y los modelos sociales se nos insta constantemente a permanecer siempre bellos, sanos y fuertes: siempre jóvenes. En las mujeres a través del ideal de la belleza, en los hombres al de la fuerza. Y el deporte es un medio para conseguirlo. La competición y el riesgo una forma de reforzarlo.

No creo que "hayas vuelto asustao", simplemente la experiencia te ha servido además de para practicar un deporte que te gusta y conocer un sitio hermoso, para ponerte en contacto con tus sentimientos y reflexionar sobre ellos. Con lo cual ha sido triplemente satisfactoria para ti e interesante para los que te leemos.

sábado, 9 de julio de 2011

Viaje a los Alpes (V): arista de los Cósmicos

Refugio de los Cósmicos, domingo, 26 de junio.

Hoy, por fin, nos levantamos sin prisas, aunque tampoco muy tarde, pues nos acostamos sobre las 20:00 horas de ayer y hay que desayunar a las 7:00.

El descanso ha sido reparador y nos encontramos con fuerzas, el tiempo luce espléndido (lástima; podía haber lucido así ayer) de modo que nos planteamos subir al teleférico por la arista de los Cósmicos en lugar de hacerlo por la del Midí. Lo cierto es que no me apetecía demasiado volver a atravesar esta última, sin embargo, no sabía lo que me esperaba por el otro lado. Ah, la ignorancia.

Tranquilamente desayunamos, salimos a la terraza a hacernos unas fotos, recogemos las cosas, nos preparamos, etc. A las nueve de la mañana, más o menos, estamos listos para empezar la aventura: crampones, piolets, cuerda, casco y mochila. Bajamos hasta el colladito que separa el refugio de la arista y empezamos a ascender.

Bien, en realidad el concepto de arista, en alpinismo, es bastante amplio, pues nada tiene que ver la arista del Midí con la de los Cósmicos: mientras que aquélla es más parecida a una arista geométrica, prácticamente sin resaltes y con caídas a los dos lados, ésta es una especie de cordal con grandes resaltes que hay que salvar por los lados, grandes desniveles que hay que superar por pequeños corredores de piedra y hielo, algún descenso en rappel, etc. Toda una aventura. La arista de los Cósmicos es la que podéis ver desde Chamonix a la derecha de la Aguille de Midí (la del teleférico); desde abajo impresiona, pero metido en faena impresiona más.

La arista comienza con una sencillita subida entre piedras, nieve dura y algo de hielo. Simplemente hay que tener cuidado de no dar un mal paso en ciertos sitios para no tener un disgusto, pero por lo demás todo bastante fácil; en algunos sitios había que utilizar los dos piolets en tracción y, a veces utilizarlos para agarrarte a las rocas metiéndolos en grietas... Sencillo hasta el rappel. Eso sí, hay que ir encordado (atados con cuerda, uno al otro, vamos). Las vistas, por cierto, espectaculares: a nuestra izquierda, allá abajo, 2'5 km. en vertical, el valle de Chamonix; a nuestra izquierda el Valle Blanco, una enorme extensión de nieve prácticamente virgen.

Como ya os dije solo había rapelado antes dos veces en mi vida, hace un año, en la Pedriza, con Miguel Ángel, un compañero de facultad (y la experiencia fue desastrosa) y dos días antes en la pared de Les Gaillands. El truco consiste en fiarse de que el arnés y la cuerda van a aguantar, de lo contrario vas en tensión, con el brazo izquierdo agarrado a la cuerda y no bajas; al principio me costó un poco, pero luego bajé con fluidez. Tras dicho rappel había otro (en las fotos se ve bien: hay que meterse por la grieta a la izquierda de las huellas) con la reunión un poco expuesta, al menos para mí, que soy menos largo que Javier.

Desde el principio de la arista, una vez superada la primera pendiente, vimos a tres alpinistas que seguían nuestros pasos. Nos alcanzaron en el primer rappel, y allí formamos un tapón con más gente que venía detrás. Bajamos el segundo rappel y no me acuerdo bien cuándo nos adelantaron, ya que en la foto de la trapada aparecen antes que nosotros. Lo cierto es que las maniobras y algún que otro paso técnico tenía que hacerlos lentamente, de modo que los más experimentados nos adelantaban.

Y llegamos al paso de escalada. Como podéis ver en las fotos se trataba de subir metiendo los dedos en una grieta y apoyando las puntas de los crampones en unas hendiduras hechas por los miles de crampones que pasaron antes que nosotros. ¿Fácil? Depende para quien. Para mí no, que no soy muy escalador. Para Javier un poco más. En la grieta había dos seguros, pero Javier decidió meter un "friend" por si acaso. Para los que no lo sepáis un friend es un amigo... Je, je, un amigo que te sujeta en las paredes: lo metes en una fisura y debido a su configuración, cuanto más estiras, más se encaja. Asegurándose de tres puntos subió hasta la pequeña cornisa donde estaba la reunión (puntos de anclaje para asegurarse). Entre todo esto empezó a llegar gente por detrás. Cuando me tocó subir a mí... Primero tenía que quitar el friend, que en teoría resulta una cosa muy fácil, pero en la práctica (mi primera práctica con un friend) resultaba imposible.

"Paco, joder, que son cien euros", me decía Javi. "Ya, tío, pero es que no sale", contestaba yo. Y la gente de atrás empezando a impacientarse en arameo; "spanish, spanish...", decían. Total que le pidió a uno de los de atrás que si lo podían sacar; dijo que sí y me dispuse a subir... Pero no era mi día; no sé si era por el arnés o qué, que no llegaba a meter las puntas de los crampones en las marcas, así que Javier, impacientándose también, tiró de mí y logré subir hasta la cornisa. El esfuerzo fue considerable y perdí bastante fondo. Para acabar por desmoralizarme, tres de los que venían detrás, sin encordarse y cual salamanquesas por la pared de tu casa, agarraditos a la fisura, nos pasaron por la derecha mientras nosotros intentábamos desfacer los entuertos de la cuerda (por cierto, que nos devolvieron el friend).

Cuando estuvimos dispuestos Javier recorrió la cornisa hacia la derecha, mientras yo le aseguraba. Pero entre tanto los de abajo, que había más, seguían impacientes. Hasta que uno de ellos decidió subir. Llegó hasta la cornisa jurando, no sé si por la derecha o la izquierda, tuve que sujetarme con una mano, soltando la cuerda que aseguraba a mi compañero. El menda, todo nervioso, quería asegurarse en la reunión y perdió un mosquetón en las níveas profundidades. Al final lo consiguió, pero cuando quise darme cuenta yo estaba asegurado de uno solo de los puntos: el muy hijo de puta me soltó un mosquetón y me lo enganchó en la misma chapa a la que estaba enganchado mi otro mosquetón. En ese momento quise ser Ramón Mercader, pero para usar el piolet debía dejar de asegurar a Javier; además, pensándolo bien, ese cabrón no merecía morir como Trotsky.

Después de esto y cuando Javier me aseguró a mí, atravesé la cornisa y continuamos progresando hacia arriba. El hijo puta, que según Javier era austríaco, y sus secuaces nos adelantaron por debajo mientras nos hacíamos unas fotos.

El siguiente paso también se las traía, pues había que ir por un estrecho pasillito de nieve dura, pegado a la pared de la derecha, mientras que a la izquierda el abismo esperaba para engullirnos: despacito y metiendo el piolet en los agujeros del hielo ya hechos por los que antes pasaron. Superado el paso ya se veían las terrazas del teleférico con la gente sacando fotos; sólo quedaban dos pequeñas subidas por corredores de piedra y hielo: clava piolet ahí, mete crampón acá, el otro crampón, el otro piolet; aquí no vale piolet, hay que usar la mano (el piolet se te cae y queda colgando de la dragonera, pero te golpea en la rodilla, ayyy!!)... Paco no te escurras... Clava piolet, agárrate a esa roca, tira fuerte...

...Y el brazo izquierdo se queda bloqueado...

Joooder!!! A punto de terminar, en una grieta con hielo, 70% de pendiente, cientos de metros de caída por debajo, y el puto hombro se me sale. Sin más, sin caerme, sin hacer el Tarzán ni nada parecido, simplemente agarrándome a una roca, con las puntas de los crampones metidas en el hielo y el piolet derecho clavado... Nada más inoportuno...

"¡Venga, Pacooooo...!", gritaba Javier, que desde donde me aseguraba no podía verme.

"¡Espera y sujeta fuerte, que se me ha salido el hombro!", contestaba yo.

"¡No me jodas, tío, otra vez el helicóptero no!"

En fin... Apoyado en tres puntos y sujeto por la cuerda (Javier estaba por delante, o sea, arriba), empecé a intentar mover el hombro: adelante, atrás, rotación... ¡Entró! Bufff!!! Dentro de lo malo, no era lo peor. Ahora a ver cómo me las ingeniaba; ya no podía lanzar el brazo por encime del hombro. De modo que lo que hice fue subir con el brazo izquierdo apoyándome en piedras o clavando el piolet a la altura de las costillas, al estilo Torete.

Sin embargo, no sé cómo, unos cuántos metros más arriba, se me volvió a salir. Esta vez tardó más en entrar, pero lo conseguí y pude llegar hasta el final, hasta donde esperaba Javier. Sólo quedaba pasar una pequeña arista no muy difícil y subir a la terraza donde los turistas hacían fotos... ¿A qué hacían fotos? A los dos pringaos que se estaban jugando la vida al borde del abismo... La gente y el morbo... ¿Se merecían una higa o un saludo cordial? Opté por la pose del vencedor: pierna izquierda en una piedra y con el brazo sano el dedo gordo hacia arriba. Los espectadores irrumpieron en aplausos, los flashes no destellaron porque era de día y había mucha luz, pero se oyeron los clics de las fotografías. Las lágrimas se me saltaron; no sé si de emoción o del dolor del hombro una vez superado el peligro.

¡Qué digo! Todavía quedaba subir la escalera de hierro y saltar la barandilla... Con un solo brazo y con crampones... Vale, sí, los crampones podía habérmelos quitado antes de subir. Pero es lo que más impresiona a los niños, junto con los piolets y la cuerda, de modo que había que entrar con todo el equipo a cuestas. Una vez arriba, ya a salvo, nos desembarazamos de los pinchos, cascos, cuerdas, etc, etc. Y me puse el brazo en cabestrillo.

Es la quinta vez que se me sale y, al parecer, la operación va a ser la única solución. Antes siempre se me había salido por caídas, pero esta vez no. Así que, o me opero, o me planteo seriamente mis actividades deportivas. Esta vez, dentro de lo malo, he tenido suerte, pero la suerte no acompaña siempre.

Ya en Chamonix comimos y después nos dirigimos al hotel que habíamos reservado el viernes. Lo habíamos reservado para sábado y domingo, pero el sábado nos habíamos quedado en los Cósmicos, de modo que los cincuenta euros de señal los dábamos por perdidos. Nos abrió la puerta el mismo hombre que nos atendió el viernes, un Alain Delon venido a menos y con cara de desconfiado; quizá pensaría que íbamos a pedirle los cincuenta pavos. Pero Javier con voz suave y yo con cara de pena y de dolor le explicamos lo sucedido: el mal tiempo, el accidente, etc. Y le pedimos que si tenía la habitación para ese mismo domingo. El hombre, un poco confuso, nos dijo que sí, aunque por si acaso nos pidió la pasta... ¡20 euros! No dábamos crédito, el tío nos perdonó el día anterior. Así que más contentos que unas castañuelas nos dimos una ducha en, todo hay que decirlo, un cuarto de baño un poco cutre para 70 euros y salimos a comprar unas cosillas, tomar unas cervezas y cenar unas ensaladas. Yo con mi brazo pocho; no olvidarse.

El día siguiente fue un coñazo, pues teníamos que entregar el coche antes de la una en el aeropuerto de Ginebra y el avión no salía hasta las seis. Decidimos entregarlo pronto, facturar y darnos una vuelta por Ginebra. Excelente plan; salvo que no contábamos con un imprevisto: no podíamos facturar hasta las 15:00 horas. ¿Qué hacer con dos mochilas, una de ellas casi como yo mismo, y con un brazo inútil? Nada, sentarse en una silla a ver pasar las horas y las gentes... ¡Ocho horas! Lo más jodido era que si hubiéramos llegado media hora antes los de Cutre-Jet nos podían haber metido en el avión de las once.

Por lo demás, y aparte de que salimos media hora con retraso, que el avión de vuelta parecía una guardería volante, que la niña detrás de mí no dejó de toser desde que se sentó, ni de golpearme la espalda al nivel de las costillas, aunque con la cadencia necesaria para que un servidor no pudiera apelar a sus progenitores, el vuelo transcurrió sin incidencias. Es más, según Javier hasta me dormí, y puede que llevara razón, pues confundí Entrepeñas y Buendía con lagos de la campiña francesa. Como íbamos con retraso, no teníamos pista para aterrizar y nos dedicamos a dar vueltas sobre la central nuclear de Trillo a ver si pillábamos algún isótopo radiactivo, tras lo cual aterrizamos; el avión nos dejó en medio del campo, lejos de las terminales y en unos buses nos llevaron hasta ellas, mientras observábamos cómo las maletas caían de los remolques y se perdían en medio de las pistas... ¿Serían las nuestras con sus mil y pico euros de material de alpinismo dentro?

Por suerte no. En fin, esta es la historia de una experiencia que me ha dado bastante que pensar acerca de los riesgos que asumimos en la vida. Son unas reflexiones que todavía no han adquirido forma, pero que intentaré plasmar en los días venideros. De momento os dejo unas fotillos:

miércoles, 6 de julio de 2011

Viaje a los Alpes (IV): Tacul, Maudit...

Refugio de los Cósmicos, sábado, 25 de junio: ascensión al Mont Blanc... O eso pretendíamos.

Nos levantamos a las doce y media de la noche sin haber pegado ojo: mucha gente, mucho calor, no estamos acostumbrados a dormir tan pronto y con tanta luz. Bajamos a desayunar... Prácticamente todos los que allí estábamos, y éramos bastantes, éramos españoles. ¿Y los demás extranjeros y franceses? ¿No subían? Eso ya indicaba que algo no iba bien, porque lo que no me cuadraba es que fueran más perezosos que nosotros.

Desde luego la noche estaba preciosa, completamente despejada. Tras dudar sobre la ropa que ponernos, si forro o no, decidimos por el no.

Y como siempre que he de salir, tardé una infinidad, cuando empezamos a caminar, 2:30 am, ya veíamos los frontales de todos los que se habían levantado con nosotros a los pies del Tacul; pero cuando llegamos allí ellos estaban sólo a la mitad. La subida hasta el Hombro del Tacul suponía salvar una rimaya y subir por una pendiente bastante inclinada de nieve dura, es decir, con los piolets a martillo y con las puntas de los crampones. Tuvimos que ir bastante rato detrás de unos catalanes, ya mayorcitos, pero experimentados.

La temperatura era espléndida y desde nuestra posición veíamos las luces del valle de Chamonix. Pero tras pasar el Hombro bajando hacia el Mont Maudit (Monte Maldito) empezó a entrar la niebla y el frío (ya no vimos más paisaje en todo el día). A esa altura ya quedaban pocas cordadas por delante de nosotros. En el trayecto hasta el Muro del Maudit empecé a sentir frío en los dedos de las manos y los pies. He de decir que antes del viaje me gasté los dineros en guantes (100 euros) y calcetines (45)... O sea, en total me gasté 700 euros, entre Gore, guantes, calcetos, gafas, etc. Pero nada, los dedos se me seguían quedando helados: primero te duelen del frio, luego dejas de sentirlos. Lo único que podía hacer era moverlos: a cada paso, cada vez que levantaba el pie, encogía los dedos. La técnica funcionaba: al cabo del rato, cuando la sangre volvía a circular, empezaban a dolerme. Y en las manos igual. Al parecer, estos fenómenos ya están catalogados como congelaciones de primer grado; es algo que me viene pasando, sobre todo en las manos, cada invierno en Peñalara; se pasa muy mal, especialmente cuando la sangre vuelve a circular.

El camino acojonaba un poco, pues a mi derecha la pendiente descendía hasta perderse en la niebla... Rocas, grietas en el hielo, etc. La adrenalina salía por las orejas. Ahora bien, ¿cuánto puede durar un cuerpo en ese estado de activación? Al poco tiempo empecé a sentir cierto embotamiento. Estábamos a 4.000 metros de altitud... ¿Mal de altura? ¿Falta de glucosa? ¿Falta de líquidos? Yo suelo beber mucha agua, pero en esas condiciones meteorológicas el tubo de la camel-bag se había helado y había que beber directamente de la cantimplora, para lo cual había que parar, quitarse la mochila, sacar las cosas, etc. "Pérdida de tiempo", según Javier... El tío es que ni comía ni bebía, oye. Pero la verdad es que hacía demasiado frío como para andar parando, circunstancia que, en mis condiciones, era incapaz de procesar.

Llegamos al Muro cuando el sol aparecía en el horizonte, entre la niebla (podéis ver la foto). La primera cordada, que iba abriendo huella, era comandada por un guía francés, lo cual siempre es una garantía, pero allí mismo empezó a dudar de si subir o no. Mientras tanto nosotros, refugiados al abrigo de un serac (que en cualquier momento podía caer sobre nuestras cabezas) aprovechamos para beber, comer una barrita y abrigarnos un poco más. Ignoro a qué temperatura estaríamos, pero bajo cero seguro: ¿-10º? ¿-15º? ¿Contando la sensación térmica provocada por el viento?

El guía francés se dio la vuelta, al parecer no lo vio claro. Las otras dos cordadas que teníamos delante comenzaron a subir. Se trata de una pared mitad hielo, mitad nieve dura con algunas rocas que sobresalen a partir de la mitad, donde existe una reunión. En la primera mitad hay una cuerda fija para ayudarse en la ascensión. Por lo que toca a la distancia y al desnivel, he buscado y la gente no se pone de acuerdo, ¿50 metros? ¿100? ¿50% de pendiente?, ¿70%? La cuestión es que había que subir con dos piolets a tracción y clavando las puntas de los crampones. Primero subió Javier hasta la reunión, después yo. Le sobrepasé y continué hasta el final del muro. Clavé los piolets en el suelo y empecé a recoger cuerda mientras Javier subía. Estábamos a 4.300 metros, con mucho frío, niebla y ventisca.

A partir de ahí el camino se me hizo especialmente duro, la sensación de mareo iba en aumento y a veces tenía ganas de vomitar. La primera parte consistía en una pequeña subida y una travesía por una pala. Después nos esperaba un muro de hielo de unos 8 o 10 metros (que fue el que terminó de matarme). Tras superarlo entrevimos a una cordada... O no recuerdo si la vimos al superar el muro anterior. El viento arreciaba y las huellas casi no existían; a nuestro alrededor todo era niebla. Continuamos hasta que el supuesto camino bordeaba unas rocas y se lanzaba en descenso hacia el Col de la Brenva. Fue el momento en el que Javier decidió parar y volverse, no sé si debido a que me vio en un estado lamentable, o a que la situación no estaba clara. Yo hacía ya tiempo que había dejado de ver claro, pero literalmente: entre el mareo y el hielo de la ventisca que se pegaba a las gafas... Solo intentaba que el bamboleo de mi cuerpo no fuese lo suficientemente oscilante como para sacarme de la vertical y rodar (o deslizar) ladera abajo hasta acabar en el fondo de una sima de hielo.

La vuelta fue un infierno: si acojona subir las paredes de hielo, más acojona bajarlas, que no ves dónde pones los pies; si además estás cansado y no aciertas a clavar los piolets... Para bajar el primer muro Javier se aseguró con un tornillo, además de los piolets, cuando yo llegué abajo estaba exhausto. Había dos chavales extranjeros que me preguntaron si podían utilizar nuestra cuerda para subir... Fui incapaz de contestarles; mi cabeza no podía hilvanar dos palabras seguidas en inglés y tampoco habría podido pronunciar palabra alguna. Los chicos debieron asustarse, porque se dieron la vuelta.

Ya no recuerdo si en aquel momento fui capaz de asegurar a Javier; si hubiera tenido algún percance... Si lo hubiera tenido en cualquiera de los descensos siguientes: en la reunión del muro del Maudit me aseguré de la cuerda más vieja, en la base del muro fui incapaz de sacar el mosquetón. Javier no esperaba a que le diese la señal, supongo que sabía que no podía confiar en mí.

A partir de la bajada del Maudit, aunque quedaban otras tres destrepadas, la cosa era más fácil... Técnicamente más fácil, porque yo estaba llegando a mis límites de resistencia. Aprovechaba cualquier ocasión para sentarme (eso sí, los pantalones de Gore, fenomenales; no calaron nada), tropezaba conmigo mismo...

A partir de la bajada del Tacul el tiempo empezó a mejorar, menos viento y más sol... En algunos momentos el calor era insoportable, pero de repente soplaba el viento y nos quedábamos helados. La nieve ya estaba muy papa y se nos pegaba a los crampones, sobre todo a Javier, que no llevaba antizuecos; en varias ocasiones se escurrió y fuimos los dos al suelo (recordad que íbamos encordados).

Cuando llegamos al Valle Blanco eran las 14:30, llevábamos 12 horas, caminando, picando hielo y prácticamente sin comer ni beber. Todavía tardaríamos media hora o tres cuartos en llegar al refugio.

En el refugio no teníamos reserva, habíamos preguntado la tarde anterior y estaba todo ocupado; de hecho teníamos reserva en un hotel de Chamonix. Pero en mis condiciones era incapaz de subir hasta la arista del Midí y, mucho menos, atravesarla. Me daba igual que no hubiera plaza para mí; pensaba hacerme "fuerte" allí. Ya podían mandar al helicóptero de los gendarmes... O pedirme 200 euros por un trozo de suelo, que los pagaba a gusto. Al final resultó que alguien había cancelado su reserva y había dos camastros libres. Hay veces que hasta un ateo debe dar gracias a Dios, que no existe. Gracias por no habernos defenestrado en cualquier grieta, gracias por no habernos perdido en la niebla y habernos congelado, gracias por las camas del refugio, gracias... Gracias también a Javier, claro está.

En mi vida he sufrido tanto realizando un esfuerzo físico. Aunque supongo que no se trata sólo de esfuerzo. Cuando uno no tiene plena confianza en sus capacidades y va demasiado tenso, las fuerzas se debilitan, si a eso le añadimos algo de mal de altura, falta de hidratación, etc. Las fuerzas te abandonan, se pierde concentración, en cualquier momento podría haber tenido un accidente, había olvidado mover los dedos de los pies para que circulara la sangre... Al día siguiente, ya en Chamonix, creí que el hormigueo e insensibilidad del dedo gordo del pie izquierdo era debido a caminar tanto tiempo con la bota dura, pero ha pasado una semana y sigue igual. Según Javier terminará pasando, se trata de una congelación de primer grado un poco más seria que las que no te dejan secuela. Lo cierto es que las botas estaban empapadas; no sé si porque calan o porque los pies me sudan demasiado; y menos mal que llevaba calcetines de primaloft. El día anterior estuvimos a punto de comprarnos unos cubrebotas, pero consideramos que 90 euros eran demasiado. Recuerdo lo que me dijo un dependiente en una tienda del rastro: "lo que te ahorres aquí, lo vas a putear allí arriba".

Y ahora una cuestión: ¿merece la pena tanto sufrimiento? ¿merece la pena poner tu vida en peligro de ese modo? ¿volveré alguna vez a los Alpes, al Mont Blanc? Intentaremos contestar más adelante. De momento, en el refugio, dimos señales de vida a la familia, cenamos y nos acostamos.

El día siguiente también fue cojonudo: hicimos la arista de los Cósmicos.

Unas fotos: 

lunes, 4 de julio de 2011

Viaje a los Alpes (III)

Chamonix, viernes, 24 de junio.

Nos despertamos sobre las seis de la mañana. El tiempo desde la ventana aparentemente era el mismo que el de los otros días... Lo poco que podía verse tras un cristal empañado por la respiración de cuatro montañeros y varias prendas de ropa secándose al calor de dicha respiración. Afortunadamente las botas, en estos sitios de la Europa civilizada, tienen su propia habitación (lo cual siempre te deja detrás de la oreja la mosca de la posible equivocación de alguien que se lleve tus botas... Dejándote las suyas o no).

Bajamos al desayuno, quemamos un cruasán, y nos comimos el resto... Había por cierto unos cereales muy buenos que tengo que buscar por estos lares; se trataban de copos de avena en grumos y con trocitos de chocolate negro. Muy ricos. Cuando salimos a la calle vimos que todo el mundo se estaba pertrechando para subir a los montes. El sol se dejaba ver entre algunas nubecillas. Los meteorólogos habían dado un tiempo mejor que el del día anterior aunque peor que el del día siguiente.

La decisión estaba clara: teníamos reserva en el refugio de los Cósmicos para ese mismo día y al día siguiente haría mejor tiempo, situación ideal para atacar el Mont Blanc. La idea era subir en el funicular hasta la Aguille de Midi, bajar al refugio de los Cósmicos, cenar a las seis de la tarde, acostarnos y levantarnos a las 00:30 (de la noche) para desayunar y emprender la ascensión. De modo que comenzamos los preparativos y, entre unas cosas y otras, nos pusimos en el funicular a eso de las10 de la mañana.

Lo del funicular resulta un poco surrealista. No sé cuantas personas cabrán dentro, pero de seguro que meten a más de las recomendadas por la OMS y eso sin tener en cuenta que algunas de esas personas llevan mochilones cual sarcófagos (2 mochilas = 1 persona). Eso sí, el negocio les sale super-rentable: ida y vuelta hasta arriba, 42,50 euros. En previsión de lo que pudiera pasar cogimos ida y vuelta, aunque la idea era bajar por el otro lado del Mont Blanc... O eso creía yo. En realidad yo asentía a todo lo que proponía mi compañero Javi-Khumbu, que era el guía de la expedición y el que tenía la experiencia.

Lo normal es que en esas circunstancias de sardinas enlatadas la gente comience a intimar con el de al lado, máxime cuando se trata de algo lúdico, ya que habrá quien me critique aduciendo que el metro por las mañanas va en esas condiciones y lo único que querrías es fumigar a los de al lado: al uno por guarro, no se ha duchado y le huelen los sobacos (al respecto recuerdo que mi última ducha había sido el lunes o, a lo mucho el martes), a la otra por petarda, ya va hablando por el móvil a esas horas de la mañana; al otro por meterte la punta del periódico en el ojo y al de más allá porque no hace más que empujar... Falta el del reggaetón en el móvil, pero puede ser convalidado por la petarda, ya que puestos a hace ruido a esas horas de la mañana vale cualquier cosa. Sin embargo, allí la gente iba muy seriecita. ¿Razón? Se nos colaron dos minorías raciales (minorías en Europa, claro), una de indios de la India (no del Oeste americano) y otra del más lejano oriente, Japón. Según Javi-Khumbu se trataba de alguien importante del Japón, pues era un séquito con cámaras de televisión incluida, pero lo cierto es que yo no vi a ningún samurai guardando las espaldas de nadie y vigilando al resto del personal como es menester en tales casos; además nos enlataron a todos juntos. Y tratándose de oriundos de zonas superpobladas es normal que se tomasen el enlatado de forma natural. Al menos te recomendaban que llevases bien protegidos los piolets y los crampones, no fueses a dejar tuerto a nadie.

Comenzamos a subir colgados de un cablecito en una lata que se movía más que la Mariana (como dice mi madre), sobre todo al pasar por las torres de sujeción del cable (pero esto es algo que sabe todo el que haya montado en el teleférico de la Casa de Campo o en cualquier otro... Lo sabe pero se olvida). Las malas lenguas que te cuentan las virtudes del susodicho funicular...

ERROR o FE DE ERRATAS: estamos hablando de funicular, pero en rigor se trata de un teleférico. Los funiculares utilizan cuerda pero van sobre raíles, pegados a la tierrecita (ver la sacrosanta Wikipedia).

Pues eso. Las malas lenguas que te cuentan las virtudes del susodicho teleférico hablan de que la gente se pone a vomitar debido a la gran diferencia de altura salvada en tan poco tiempo. Pero lo cierto es que nadie vomitó en el nuestro, solo una señora mayor, japonesa, una vez arriba iba al servicio con mala cara... ¿Es que nunca había subido al monte Fuji? ¿O le había sentado mal el sushi? En fin, repito, por si alguien no se acuerda que el teleférico nos sube 2.800 metros en muy poco tiempo.

Y ya estábamos arriba. Lo primero que me impresionó fue ver a los alpinistas bajar muy despacito, como Chiquito, pero a cámara lenta, por la famosa arista de salida; desde mi posición no podía apreciar el ancho de la arista, aunque se adivinaba muy estrecho. Llamé a Gema para decirla que la quería (según ella era la primera vez que se lo decía, razón inequívoca de que ya me estaba afectando el mal de altura). Después me dediqué a mirar en lontananza el mar de cumbres de los Alpes.

Segunda parte del pertrechado: colocarse guetres, arnés, casco, crampones, guantes, piolet, bastón y atarse con la cuerda... Bueno, lo de la cuerda va antes que los guantes y el piolet. Lo cierto es que yo soy muy lento preparándome cuando tengo todo en la mochila. Recuerdo que cuando hice el Camino de Santiago me levantaba de los primeros y salía de los últimos, pero es que allí había que darse vaselina en los pies. En fin, según Javier la culpa de que tarde tanto se debe a mi manía de meter todo en bolsas de plástico. Reconozco que a veces resulta poco práctico llevarlo todo así, sobre todo cuando las bolsas son iguales; lo suyo sería llevar las cosas en bolsas de distintos colores y acordarse en qué color está cada cosa. Pero al menos las cosas de comer, los líquidos y los aparatos electrónicos han de ir metidos en bolsas... Y la ropa, o sea todo. Si algo aprendí en la mili fue a meter todo en bolsas de plástico, porque, amigos, las mochilas no son impermeables; de hecho Javi-Khumbu tuvo que esperar una noche a que se secaran los circuitos de su móvil para que funcionase (cosa milagrosa, por otro lado).

En esto que pasa un vasco con el cual habíamos estado hablando en Chamonix y que subió con nosotros en el teleférico, un tío supuestamente experimentado o eso me parecía a mi... A mí es que cuando veo a alguien con la ropa de alpinismo roja me parece que debe controlar un montón, debe ser culpa del Calleja, que siempre va de rojo. El caso es que le preguntamos por sus compañeros y nos dice que ya se habían ido, que él no había tenido los huevos de pasar por la arista.

Ayayay... Me dieron ganas de llamar de nuevo a Gema... Pero el móvil ya estaba dentro de una bolsa de plástico (por cierto, debe haber cobertura hasta en el Mont Blanc; estos franceses están muy adelantados). Según Javi-Khumbu la anchura de la arista debía ser de casi un metro. No contábamos con que los días anteriores había estado nevando y la arista, al crecer en altura, se había estrechado. Cuando salí a la terraza y vi la anchura... Simplemente pensé "allá vamos", no cabía vuelta atrás; bueno, sí cabía, como el vasco; pero ¿qué iba a pensar de mí Javier, mi compañero? ¿Qué iban a pensar de mí los curiosos que había en la terraza? ¿Qué iban a pensar de mí mis compañeros de curso de Técnicos de Montaña? ¿Qué iba a pensar de mí el resto de la humanidad? Y, sobre todo, ¿qué iba a pensar de mí yo mismo? La verdad es que no pensé en nada de esto, como he dicho simplemente era una cosa que había que hacer. Hay cosas en la vida que una vez lanzado has de hacerlas, no te puedes echar atrás, o puedes, pero no es de recibo. El tramo más estrecho de la arista, unos 10 o 15 metros de longitud, tendría como mucho medio metro de anchura, aunque el caminito para poner los pies no pasaba de 30 cm. A los lados el abismo, sobre todo hacia la izquierda: la inclinación y la altura, de caer por esa parte, son incompatibles con la vida, como dicen los pedantes de los servicios de emergencia. De caer por la derecha, la ostia también resulta considerable (habida cuenta de que, además, podría uno colarse por una rimaya que allí había).

La técnica era sencilla: caminar lentamente cuidando no enganchar el crampón de un pie con el guetre del otro, mirando fijamente a los pies y apoyando suavemente el bastón y el piolet, amén de ir enganchado por la cuerda con tu compañero en lo que se denomina "cordada". De caer un alpinista por un lado de la arista, su compañero de cordada habría de tirarse hacia el otro lado. Cojonudo, ¿verdad? Esto está bien si el primero que se cae es el de delante (en este caso yo), pues el de atrás le ve caer; pero si el que se cae es de atrás... ¿Le grita algo así como "¡me caigo por la derechaaaaaaaa!"? ¿Y si el otro, entre braga, casco y caraja entiende "tírate a la derechaaaa"? En realidad, ¿le daría tiempo de decir algo a parte de "ostiaaaa", o "diossss" o "aaahhhh"? Cuanto más corta sea la cordada (nosotros íbamos separados por tres metros, más o menos), menos tiempo de reacción; cuanto más larga, más tiempo de reacción, pero más tensión en la cuerda de existir una caída. La solución no es fácil.

Supongo que si se hace así es por algo, porque se habrá visto más adaptativo que ir cada uno por su cuenta, pero a mí me da la impresión que es multiplicar por dos (o por tres, si la cordada es de tres personas) las posibilidades de accidente múltiple, no individual. O quizá sea más una cuestión de solidaridad: "O todos a la vez, o todos o ninguno", que decía Extremoduro.

Pasamos ese tramo sin incidentes, nos cruzamos con una cordada que subía, pero ya en un tramo más ancho; nos hicimos una foto y continuamos bajando hasta el Valle Blanco. Después subimos al refugio de los Cósmicos. Llegaríamos allí sobre las doce y media o una de la tarde. Nos dieron la litera, nos aposentamos y bajamos a comer. Después de un rato de descanso, como quedaba tiempo hasta las seis (hora de cenar), decidimos darnos un paseíto por el Valle, para bajar la comida. Volvimos al refugio, cenamos y nos acostamos a eso de las siete y media u ocho. Pero una cosa es acostarse y otra dormir.

A las doce y media comenzó la danza. Era el momento de la verdad, pero lo dejaremos para la próxima entrega; de momento unas foticos:



sábado, 2 de julio de 2011

Viaje a los Alpes (II)

Chamonix, jueves, 23 de Junio.

Nos despertamos esperanzados de que el tiempo se porte bien, pero tras mirar por la ventana y ni siquiera ver las laderas de las montañas debido a la densa niebla, cunde el desánimo.

Bajamos a desayunar mientras barajamos diversas propuestas de actividades. La que sale ganadora, aunque también a expensas del tiempo es la de subir a la Pettite Verté, un pico facilito para familiarizarnos con el entorno. De modo que tras guardar los aparejos y pertrecharnos salimos valle arriba hacia Argentiere, desde donde sale el funicular que salva la Mer de Glace, otro imponente glaciar.

Mas cuando llegamos allí nos encontramos con el cartel de "fermée" hasta el 2 de julio. ¡Qué mala suerte! Vuelta a barajar opciones...

Decidimos dar una vuelta por los alrededores de Chamonix, pues el tiempo no mejoraba. Recabamos en la Escuela de Escalada de Les Gaillands, un muro al aire libre relativamente fácil de subir con una praderita de césped en su base y un lago cercano; todo muy bucólico de no ser por el tiempo que nos acechaba.

Decidimos probar suerte con la pared y, a falta de pies de gato, como íbamos a tener que vérnoslas arriba con escaladas de algún tipo, nos calzamos las botas rígidas, yo incluso estuve a punto de ponerme los crampones, cosa que no me hubiera venido mal.

Mi compañero Javier empezó abriendo la vía mientras yo le aseguraba sólo con la cesta... He de decir que el tío tiene unos huevos... ¿alguno de vosotros dejaría que su vida dependiera de alguien inexperto? Pues él sí. Lo hizo durante todo el viaje.

Llegó a la primera reunión, digamos que a unos 25 m. del suelo, y me cedió el turno; ahora él me aseguraba desde arriba mientras yo subía. Cuando yo llegué a la reunión volvió a salir él hacia arriba. Empezó a chispear.

Cuando llegó a la siguiente reunión, la lluvia arreciaba; para más dificultad un guía francés con dos niñas de doce años se me metió por la izquierda, yo sólo podía subir en vértical por un neis mojado y con bota dura; yo, que lo más que he escalado han sido los peldaños de mi casa (un tercero).

Imposible. Hechos una sopa, decidimos abandonar la empresa. Javier rapeló hasta mi posición. Después me tocó rapelar a mí... Rapelar... Confiar tu vida a un vulgar trozo de tela (sintética, eso sí) llamado arnés. Mi brazo izquierdo se resistía a aflojar la cuerda. No conseguía bajar, no podía ponerme perpendicular a la pared... Pero al final lo hice. De los veinticinco metros, la primera mitad parecía un fardo de patatas, la segunda mitad parecía un hombre de Harrelson.

Cuando llegué abajo descubrí con horror que todo el material se nos había mojado, pues lo habíamos dejado alegremente sobre unas rocas: guantes, gorra, botas... Cuando Javier bajó recogimos todo y nos metimos en el coche; fue entonces cuando empezó a descargar de verdad... Menos mal.

La experiencia estuvo bien, pues me serviría dos días después, para hacer la Arista de los Cósmicos.

Como algo habíamos hecho nos habíamos ganado unas cervezas y la comida. Es más, estábamos de vacaciones, teníamos derecho a comer y a beber. ¿La cerveza en Chamonix? Heineken, aunque por lo menos la hay de barril. ¿La comida? Hay de todo, aunque por lo general caro...

Y aquí es donde se hace preciso hablar de los aspectos positivos y negativos de la globalización: vale que no nos recorrimos todos los rincones de Chamonix buscando el garito tradicional, pero miraras a donde miraras encontrabas bebidas, comidas y artículos de consumo del mundo occidental civilizado, esto es, industrializado, uperizado, pasteurizado, envuelto en plástico y con sello CE (que no significa "Comunidad Europea", sino "Conforme a Exigencias" o algo parecido, porque debería ser en inglés). De este modo el turista que viaja a otro país se encuentra como en casa. Mas el verdadero problema no es este, sino los medios de comunicación, la prensa, televisión e internet: a través de ellos tenemos acceso visual a todos los sitios del mundo. Antes de ir a Chamonix, a los Alpes, ya hemos estado allí infinidad de veces, en los Andes y en el Himalaya. De modo que al menos la sorpresa paisajística es menor... Claro que... Otra cosa es adentrarse en los glaciares a temperaturas bajo cero.

La sorpresa ya no existe, el mundo se ha hecho adulto... Quizá en el África profunda, o en recónditos sitios de Asia...

No contentos con nuestra pequeña actividad matutina, cavilamos dónde podíamos pasar la tarde y haciendo qué. Hielo, empezar a picar algo de hielo, por ejemplo en el Bossons, que estaba relativamente cerca. Así que cogimos el coche de nuevo y nos dirigimos hacia el túnel del Mont Blanc. Justo a la entrada del túnel hay como un aparcamiento y a la derecha sale una pista hacia el glaciar y un chalet (chiringuito).

En poco más de una hora de subida constante, con bota dura, aunque por sendero de tierra, llegamos a la morrena lateral del glaciar. Aquí sí que debo decir que me sorprendí de lo oscuro que estaba el hielo, debido a todas las rocas que arranca a su paso y los desprendimientos de piedras. Ya me había sorprendido el día anterior cuando los vi desde el coche. Pero desde cerca era impresionante la masa de hielo. Para poder hacer algo sobre el hielo debíamos descender la morrena, salvar la grieta lateral y situarnos en algún resalte lateral donde no corriéramos el peligro de que nos aplastara un serac, de modo que tuvimos que seguir subiendo por la morrena hasta llegar a un lugar conocido como las Pirámides (por la forma de las piedras, supongo). Sin embargo, el tiempo físico se nos había echado encima (eran las cinco o seis de la tarde) y el tiempo atmosférico estaba también por echarse (de vez en cuando la niebla cubría el glaciar). Decidimos no bajar y darnos la vuelta. Fue entonces cuando comenzó a chispear, después a llover y más tarde a diluviar... ¿Y para qué me había comprado un pantalón de Gore-Tex de 200 euros? Para dejarlo en el coche, eso es. Bueno, al menos la chupa (170 euros), a pesar de que no nos convence la sujeción de la capucha (tres automáticos), cumplió su función.

La bajada fue larga y húmeda (pero no como las noches de tus sueños, sucio lector); algún resbalón también dimos. Y al acabar teníamos los pies molidos, sobre todo los dedos gordos de sujetar el peso del cuerpo, pues la bota, al no doblarse, no permite descansar en el metatarso.

Pero bueno, al menos habíamos sudado lo suficiente como para no tener remordimientos de conciencia a la hora de reponer líquidos.

Ese día nos acostamos prontito, sobre las nueve, porque estábamos cansados. Pero no fue el día que nos acostamos más pronto.

En fin, aquí os dejo unas fotos del glaciar: