miércoles, 6 de julio de 2011

Viaje a los Alpes (IV): Tacul, Maudit...

Refugio de los Cósmicos, sábado, 25 de junio: ascensión al Mont Blanc... O eso pretendíamos.

Nos levantamos a las doce y media de la noche sin haber pegado ojo: mucha gente, mucho calor, no estamos acostumbrados a dormir tan pronto y con tanta luz. Bajamos a desayunar... Prácticamente todos los que allí estábamos, y éramos bastantes, éramos españoles. ¿Y los demás extranjeros y franceses? ¿No subían? Eso ya indicaba que algo no iba bien, porque lo que no me cuadraba es que fueran más perezosos que nosotros.

Desde luego la noche estaba preciosa, completamente despejada. Tras dudar sobre la ropa que ponernos, si forro o no, decidimos por el no.

Y como siempre que he de salir, tardé una infinidad, cuando empezamos a caminar, 2:30 am, ya veíamos los frontales de todos los que se habían levantado con nosotros a los pies del Tacul; pero cuando llegamos allí ellos estaban sólo a la mitad. La subida hasta el Hombro del Tacul suponía salvar una rimaya y subir por una pendiente bastante inclinada de nieve dura, es decir, con los piolets a martillo y con las puntas de los crampones. Tuvimos que ir bastante rato detrás de unos catalanes, ya mayorcitos, pero experimentados.

La temperatura era espléndida y desde nuestra posición veíamos las luces del valle de Chamonix. Pero tras pasar el Hombro bajando hacia el Mont Maudit (Monte Maldito) empezó a entrar la niebla y el frío (ya no vimos más paisaje en todo el día). A esa altura ya quedaban pocas cordadas por delante de nosotros. En el trayecto hasta el Muro del Maudit empecé a sentir frío en los dedos de las manos y los pies. He de decir que antes del viaje me gasté los dineros en guantes (100 euros) y calcetines (45)... O sea, en total me gasté 700 euros, entre Gore, guantes, calcetos, gafas, etc. Pero nada, los dedos se me seguían quedando helados: primero te duelen del frio, luego dejas de sentirlos. Lo único que podía hacer era moverlos: a cada paso, cada vez que levantaba el pie, encogía los dedos. La técnica funcionaba: al cabo del rato, cuando la sangre volvía a circular, empezaban a dolerme. Y en las manos igual. Al parecer, estos fenómenos ya están catalogados como congelaciones de primer grado; es algo que me viene pasando, sobre todo en las manos, cada invierno en Peñalara; se pasa muy mal, especialmente cuando la sangre vuelve a circular.

El camino acojonaba un poco, pues a mi derecha la pendiente descendía hasta perderse en la niebla... Rocas, grietas en el hielo, etc. La adrenalina salía por las orejas. Ahora bien, ¿cuánto puede durar un cuerpo en ese estado de activación? Al poco tiempo empecé a sentir cierto embotamiento. Estábamos a 4.000 metros de altitud... ¿Mal de altura? ¿Falta de glucosa? ¿Falta de líquidos? Yo suelo beber mucha agua, pero en esas condiciones meteorológicas el tubo de la camel-bag se había helado y había que beber directamente de la cantimplora, para lo cual había que parar, quitarse la mochila, sacar las cosas, etc. "Pérdida de tiempo", según Javier... El tío es que ni comía ni bebía, oye. Pero la verdad es que hacía demasiado frío como para andar parando, circunstancia que, en mis condiciones, era incapaz de procesar.

Llegamos al Muro cuando el sol aparecía en el horizonte, entre la niebla (podéis ver la foto). La primera cordada, que iba abriendo huella, era comandada por un guía francés, lo cual siempre es una garantía, pero allí mismo empezó a dudar de si subir o no. Mientras tanto nosotros, refugiados al abrigo de un serac (que en cualquier momento podía caer sobre nuestras cabezas) aprovechamos para beber, comer una barrita y abrigarnos un poco más. Ignoro a qué temperatura estaríamos, pero bajo cero seguro: ¿-10º? ¿-15º? ¿Contando la sensación térmica provocada por el viento?

El guía francés se dio la vuelta, al parecer no lo vio claro. Las otras dos cordadas que teníamos delante comenzaron a subir. Se trata de una pared mitad hielo, mitad nieve dura con algunas rocas que sobresalen a partir de la mitad, donde existe una reunión. En la primera mitad hay una cuerda fija para ayudarse en la ascensión. Por lo que toca a la distancia y al desnivel, he buscado y la gente no se pone de acuerdo, ¿50 metros? ¿100? ¿50% de pendiente?, ¿70%? La cuestión es que había que subir con dos piolets a tracción y clavando las puntas de los crampones. Primero subió Javier hasta la reunión, después yo. Le sobrepasé y continué hasta el final del muro. Clavé los piolets en el suelo y empecé a recoger cuerda mientras Javier subía. Estábamos a 4.300 metros, con mucho frío, niebla y ventisca.

A partir de ahí el camino se me hizo especialmente duro, la sensación de mareo iba en aumento y a veces tenía ganas de vomitar. La primera parte consistía en una pequeña subida y una travesía por una pala. Después nos esperaba un muro de hielo de unos 8 o 10 metros (que fue el que terminó de matarme). Tras superarlo entrevimos a una cordada... O no recuerdo si la vimos al superar el muro anterior. El viento arreciaba y las huellas casi no existían; a nuestro alrededor todo era niebla. Continuamos hasta que el supuesto camino bordeaba unas rocas y se lanzaba en descenso hacia el Col de la Brenva. Fue el momento en el que Javier decidió parar y volverse, no sé si debido a que me vio en un estado lamentable, o a que la situación no estaba clara. Yo hacía ya tiempo que había dejado de ver claro, pero literalmente: entre el mareo y el hielo de la ventisca que se pegaba a las gafas... Solo intentaba que el bamboleo de mi cuerpo no fuese lo suficientemente oscilante como para sacarme de la vertical y rodar (o deslizar) ladera abajo hasta acabar en el fondo de una sima de hielo.

La vuelta fue un infierno: si acojona subir las paredes de hielo, más acojona bajarlas, que no ves dónde pones los pies; si además estás cansado y no aciertas a clavar los piolets... Para bajar el primer muro Javier se aseguró con un tornillo, además de los piolets, cuando yo llegué abajo estaba exhausto. Había dos chavales extranjeros que me preguntaron si podían utilizar nuestra cuerda para subir... Fui incapaz de contestarles; mi cabeza no podía hilvanar dos palabras seguidas en inglés y tampoco habría podido pronunciar palabra alguna. Los chicos debieron asustarse, porque se dieron la vuelta.

Ya no recuerdo si en aquel momento fui capaz de asegurar a Javier; si hubiera tenido algún percance... Si lo hubiera tenido en cualquiera de los descensos siguientes: en la reunión del muro del Maudit me aseguré de la cuerda más vieja, en la base del muro fui incapaz de sacar el mosquetón. Javier no esperaba a que le diese la señal, supongo que sabía que no podía confiar en mí.

A partir de la bajada del Maudit, aunque quedaban otras tres destrepadas, la cosa era más fácil... Técnicamente más fácil, porque yo estaba llegando a mis límites de resistencia. Aprovechaba cualquier ocasión para sentarme (eso sí, los pantalones de Gore, fenomenales; no calaron nada), tropezaba conmigo mismo...

A partir de la bajada del Tacul el tiempo empezó a mejorar, menos viento y más sol... En algunos momentos el calor era insoportable, pero de repente soplaba el viento y nos quedábamos helados. La nieve ya estaba muy papa y se nos pegaba a los crampones, sobre todo a Javier, que no llevaba antizuecos; en varias ocasiones se escurrió y fuimos los dos al suelo (recordad que íbamos encordados).

Cuando llegamos al Valle Blanco eran las 14:30, llevábamos 12 horas, caminando, picando hielo y prácticamente sin comer ni beber. Todavía tardaríamos media hora o tres cuartos en llegar al refugio.

En el refugio no teníamos reserva, habíamos preguntado la tarde anterior y estaba todo ocupado; de hecho teníamos reserva en un hotel de Chamonix. Pero en mis condiciones era incapaz de subir hasta la arista del Midí y, mucho menos, atravesarla. Me daba igual que no hubiera plaza para mí; pensaba hacerme "fuerte" allí. Ya podían mandar al helicóptero de los gendarmes... O pedirme 200 euros por un trozo de suelo, que los pagaba a gusto. Al final resultó que alguien había cancelado su reserva y había dos camastros libres. Hay veces que hasta un ateo debe dar gracias a Dios, que no existe. Gracias por no habernos defenestrado en cualquier grieta, gracias por no habernos perdido en la niebla y habernos congelado, gracias por las camas del refugio, gracias... Gracias también a Javier, claro está.

En mi vida he sufrido tanto realizando un esfuerzo físico. Aunque supongo que no se trata sólo de esfuerzo. Cuando uno no tiene plena confianza en sus capacidades y va demasiado tenso, las fuerzas se debilitan, si a eso le añadimos algo de mal de altura, falta de hidratación, etc. Las fuerzas te abandonan, se pierde concentración, en cualquier momento podría haber tenido un accidente, había olvidado mover los dedos de los pies para que circulara la sangre... Al día siguiente, ya en Chamonix, creí que el hormigueo e insensibilidad del dedo gordo del pie izquierdo era debido a caminar tanto tiempo con la bota dura, pero ha pasado una semana y sigue igual. Según Javier terminará pasando, se trata de una congelación de primer grado un poco más seria que las que no te dejan secuela. Lo cierto es que las botas estaban empapadas; no sé si porque calan o porque los pies me sudan demasiado; y menos mal que llevaba calcetines de primaloft. El día anterior estuvimos a punto de comprarnos unos cubrebotas, pero consideramos que 90 euros eran demasiado. Recuerdo lo que me dijo un dependiente en una tienda del rastro: "lo que te ahorres aquí, lo vas a putear allí arriba".

Y ahora una cuestión: ¿merece la pena tanto sufrimiento? ¿merece la pena poner tu vida en peligro de ese modo? ¿volveré alguna vez a los Alpes, al Mont Blanc? Intentaremos contestar más adelante. De momento, en el refugio, dimos señales de vida a la familia, cenamos y nos acostamos.

El día siguiente también fue cojonudo: hicimos la arista de los Cósmicos.

Unas fotos: 

1 comentario:

  1. No tardes en escribir la siguiente parte; y el epílogo.

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