martes, 11 de diciembre de 2012

Diario de Montaña infantil (7-12-12): Madrid - Maranchón

Retomamos la sana costumbre de escribir acerca de nuestros periplos por el campo, pero esta vez con más protagonistas: Gema y la nueva estrella del equipo, el pequeño pero increíble Rafael!!!

La historia que hoy relatamos comienza justo hace un año, más o menos, cuando como todos los años en estas fechas te rompes la sesera buscando algo para regalar a tus padres, a tus hermanos, mujer, abuela (el que la tenga), amigos, hijos de los amigos, "amiga" (el que la tenga)... Cuidando luego, muy mucho, de no dar el regalo equivocado a la persona errónea en el momento menos indicado (que suele ser al final de la cena cuando "misteriosamente" hemos tomado el color de los carabineros cocidos que nos hemos zampado, aunque no sea debido precisamente a los carabineros). Afortunadamente nada de esto ocurrió aquella noche de... ¿Nochebuena, Navidad?, qué sé yo si hace ya un año. El caso es que, siguiendo la ancestral institución del Potlatch, nos intercambiamos los regalitos. 

A mis padres les regalamos una cajita de esas que ahora están tan de moda para irte a pasar un finde a una casa rural "con encanto", mientras que ellos, o mi hermano, nos regalaron a nosotros una cajita de esas que ahora están tan de moda para irte a pasar un par de horas a un espá "con encanto". Terminamos la cena y todos muy contentos nos fuimos a casita con nuestra cajita bajo el brazo.

Mas el güevonismo hizo su aparición y a lo largo de todo el año ni ellos consumieron su cajita, ni nosotros la nuestra. Para más información las cajitas caducaban el 31 de diciembre. Vale también que en nuestro caso teníamos un poco de disculpa, pues Gema estaba embarazada y los chorretes calientes o fríos en la tripa podrían no haberle sentado muy bien a Rafa, así que fuimos dejándolo hasta que naciera el churumbel; luego el problema estaría en dónde dejar al churumbel mientras que los papis se lo pasan teta jugando con el agüita.

Pero no fue necesario llegar a esos extremos. Vigilante yo, durante un año, del curso de mi regalo, insté a mis progenitores a hacer uso de él bajo pena de quedarse sin hijo, sin nuera y sin nieto, a lo cual tampoco fue necesario llegar. Mi madre, sabia ella y no por vieja ni por diablesa, me hizo ver lo siguiente: "¿Y a qué nos vamos a ir a una casa rural en un apartado pueblo donde no conoces a nadie si ya tenemos nuestra propia casa rural en este pueblo cercano donde conocemos a todo el mundo? ¿Por qué no nos cambiáis la casa por el balneario?" Aperplejados mi mujer y yo, ojiplático el niño de cuatro meses, buscábamos mentalmente dónde podía estar el truco, mas no lo había; el cambio era entre otras cosas fruto del amor maternal, y el regalo, un regalo boomerang.

Así que, a mediados de noviembre, nos encontramos con un fin de semana gratis a gastar antes de enero en un lugar perdido, con el crío a cuestas y a saber con qué temperaturas.

Se puso Gema a llamar de inmediato a las casas rurales "con encanto"... Y encantadas debían estar, sí; si no ellas, al menos sus dueños o gerentes, pues no parecía haberles llegado la crisis: no encontrábamos casa disponible. Al final dimos con una en Ledesma (Salamanca) cerca de los Arribes del Duero, un sitio dicen bastante bonito.

Sin embargo, héte aquí que a una semana del evento, nos comunican que nos cancelan la reserva por continuados impagos de la empresa de las cajitas, cuyo nombre no me importa mentar: "La vida es bella". ¡Mierda! Pues parece que la crisis sí había llegado al sector, y si no la crisis sí al menos los listillos. 

Gema continuó con su periplo hispano-telefónico buscando qué lugar encantado tendría a bien acojernos. Al final recabamos en Maranchón (Guadalajara), cerca de Molina de Aragón, lugar donde se registró la temperatura más baja de España; lugar encantado, también, si posees la suficiente imaginación como para convertir las modernas centrales eólicas en quijotescas hordas de gigantes.

Pero eso no lo sabríamos hasta el sábado por la mañana, aunque ya el viernes sospechábamos algo, viendo como veíamos a distancia indeterminada debido a la oscuridad, mientras nos acercábamos a nuestro destino, luces intermitentes en perfecta formación y equidistancia.

El viernes trabajé desde casa, no pude coger el puente pues gasté todas mis vacaciones cambiando pañales tras el permiso de paternidad (durante el cual, por cierto, hice lo propio). Pero al menos desde casa no tuve que hacer 140 km extras. Me las prometía yo muy felices, pensando en que al ser puente no iba a tener mucho trabajo; pensaba yo sacar información para las rutas del fin de semana, mas todo quedó en agua de borrajas: ni guía, ni mapas, ni brújula, ni pilas en el gps. Afortunadamente Gema ya había hecho el trabajo por mí, al menos sacar los sitios importantes: Valle de los Milagros y Hoz de Pelegrina.

También pretendía, ingenuo de mí, salir de casa a las tres de la tarde, por aquello de viajar con luz, pues ya se sabe que una de las cosas que tiene el invierno, aparte del frío es que los días son más cortos; los buenos estudiantes que hicieron la EGB y BUP (no sé cómo andará ahora la cosa) y los aficionados a la astronomía sabrán que ambos fenómenos están íntimamente ligados... No, no es porque la Tierra esté más lejos del Sol, pues entonces sería invierno en todos los sitios a la vez, Argentina incluida; sino por la inclinación del eje de la Tierra que... ¡Anda ya, buscad en la wikipedia! También sabrán, los más avezados en estas lides científicas (hoy día diez, por cierto es el aniversario del nacimiento de Ada Lovelace, madre de la informática y de la cual yo no tenía noticia, gracias Google) que según la teoría especial de la relatividad el tiempo se estira y se encoje: pues cuando tienes un niño los tiempos de salida se estiran y estiran mientras se te encoje el ánimo al tiempo que toma un color grisáceo; como además el niño va metidito en su huevo, no le ves y su sonrisa no puede colorear tu ánimo de nuevo.

Así que a todo meter, metimos todo en la furgo: comida, agua, maletas, mochilas de senderismo, cuna de viaje, colchón de la cuna de viaje, carrito, gato... ¿Qué coño hace el gato aquí? ¡Fuera! Y... Algo se nos olvida... Apartadito en un rincón del salón Rafa esparaba paciente su turno. Al final salimos a las cinco y media, con lo cual, ya por Villalba se nos hizo de noche... ¿A Maranchón por Villalba? Sí, si vives más allá y no más acá: Villalba, Madrid, Alcalá, Guadalajara, Alcolea del Pinar y Maranchón. ¿Veis qué rápido? 217 km, 2 horas 14 minutos, según Google, nuevamente... ¿Alguien recuerda cómo era el mundo antes de Google? No, pero gracias a él podemos averiguarlo. Preguntad a Google si existe Dios y probablemente os dirá (como en aquel cuento de Stanislaw Lem, creo): "Ahora sí".

El camino transcurrió con la única incidencia de algún banco de niebla en la carretera: ni el niño lloró, ni hubo equivocación. Calentitos como íbamos en nuestro vehículo, aunque temerosos de la temperatura que podríamos encontrar fuera, nos aterró pasar por la desviación hacia Las Inviernas: el nombre lo decía todo.

Desvío en Alcolea y por fin en Maranchón, pueblo fantasma a esas oscuras horas (ocho de la tarde) de no ser por las luces de los semáforos y el típico chusco-bar a cuyos clientes preguntamos por la casa rural, la cual no podía quedar lejos de allí.

Llegamos a la casa, llamamos a la puerta, nos abre la regenta, hacemos las presentaciones y nos da las llaves. Esta vez sacamos primero a Rafa no fuera a ser que nos lo encontráramos a la mañana siguiente hecho un carambanito. Típicas carantoñas y comentarios de la regenta hacia el pequeño ser y llegamos a nuestra habitación en el segundo piso... Mejor, así no tendríamos molestos vecinos encima, sólo goteras que no llegaron a ser molestas puesto que no llovió en todo el finde. Lo mejor: ¡ducha con hidromasaje! Así que después de todo también tendríamos espá.

Terminé de subir los bártulos (que parecía que nos íbamos a quedar 15 días) mientras Rafa se amorraba a la teta de su madre. Nos relajamos un poco. Intentamos montar la cuna de viaje que, como todo el mundo sabe... O sea, vamos a ver, cuando te compras cualquier perenganillo electrónico (vídeo, lavavajillas, microhondas, Ay!pad!, esmarfon, etc.) el librillo de instrucciones sirve para rellenar el cajón de los librillos de instrucciones y, sólo en el muy hipotético caso de que el susodicho perenganillo no funcione utilizando el sentido común presente fundamentalmente en el dedo índice de la mano derecha (en la izquierda para los zurdos), sólo en ese hipotético caso, al cual se añade cierta vergüenza y pudor en llamar desde el primer momento al servicio técnico (llamada que, obsérvese, se realiza con la misma inteligencia presente en el mismo dedo), se procede a desembalar el librillo de instrucciones (que suele ser más complicado que el aparato en sí, razón por la cual desestimamos su consulta por principio). Sin embargo, cuando un ser racional del siglo XXI se enfrenta con un mecanismo del siglo XVI, sin enchufe ni baterías, sino con tuercas, tornillos y engranajes, el librillo de instrucciones se hace indispensable, siendo consultado mientras nuestro labio inferior monta sobre el superior y el dedo índice (otrora tan inteligente) pasa a rascar la sesera para estimular la respuesta a la siguiente pregunta ¿Cómo es posible que sea más difícil desplegar una cuna o montar una mesa de Ikea que manejar un ordenador portátil? Pues bien, para desgracia propia (y de los vecinos de abajo) la cuna no traía manual de instrucciones, pues es de segunda mano y el susodicho manual estará en el cajón de los librillos de instrucciones del primer usuario de la cuna durmiendo el sueño de los justos. ¿Cómo un mecanismo aparentemente tan simple puede llegar a adquirir semejante dificultad de manejo y sembrar tanta ira en el ánimo de una persona? Que venga Íker Jiménez a montarme y desmontarme la cuna!!!

Y esto no sólo me ocurrió a mí, sino a Gema y a mi padre un día que intentaron montarla en casa. Al final, moviéndola desaforadamente, cual orangutanes enfurecidos, logramos estabilizarla y montarla. ¿Para qué? Para nada, porque al final Rafa durmió en nuestra cama, entre los dos, chupando de la teta de Gema mientras pateaba mis riñones, dándome la peor noche de su vida.

Pero eso entonces no lo sabíamos, así que tan contentos salimos a la calle a dar una vueltecita por el desierto pueblo y a buscar algo abierto para cenar. Lo primero que nos llamó  la atención fue lo nuevo que estaba todo, las fachadas y el pavimento, así como las múltiples obras; remozamiento que acertadamente (como más adelante nos comentaría la regenta) achacamos a la presencia de los gigantes. Lo segundo fue que el bar estaba cerrado. Lo tercero fue una paisana que huidizamente se deslizaba por los laterales de una de las calles mientras Gema corría tras ella para preguntarle por algún sitio y mientras yo trataba de comunicarme con mis progenitores para dar el parte del viaje, que por mucho que crezcas y no vivas en su casa, eres su hijo y has de dar el parte.

La paisana dijo que tocáramos al bar, que aunque estaba cerrado la mujer que lo llevaba nos haría la cena; sin embargo no nos pareció apropiado. Una segunda opción era recorrernos la alameda hasta el final, donde había una fonda. Por alguna razón que podemos sospechar omitió la existencia del chusco-bar, mas ingenuos de nosotros, cuando le vimos ante nuestras narices no dudamos en entrar.

En su descargo debemos decir que no todo parecía tan mugroso, aunque sí la mesa en la que nos sentamos. Los clientes, dos grupos de edades heterogéneas, eran bastante ruidosos, a lo cual contribuía una música machacona: Lady Gaga y sus amigos. Rafa, como siempre, ojiplático ante todo aquello nuevo y diferente. Pedimos un pincho de tortilla y un bocata de queso que, para mi desgracia y empalagamiento, era en aceite.

Volvimos a la habitación prestos a usar el hidromasaje. Nuestro gozo en un pozo: no había agua caliente. Y mira que se lo dijo una vecina a la regenta justo cuando llegamos. Ya podríamos haberla probado nosotros entonces. Si la caldera era de gasoil y no había depósito la explicación sólo puede estar en que, debido a lo goloso del hidromasaje, el agua caliente la dan el segundo día, es decir, cuando protestas, como así nos pasó.

Pero de momento nuestro día acaba aquí, en la noche toledana que me dio el maldito niño durmiendo entre los dos.


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